1.0 Introducción: El Retorno de Perón y las Semillas del Conflicto
El regreso de Juan Domingo Perón a la Argentina en 1973 fue un acontecimiento de máxima expectación nacional, catalizador de las esperanzas de millones que veían en su figura la promesa de pacificación y reconstrucción. Sin embargo, este retorno fue también el epicentro donde confluyeron profundas contradicciones ideológicas internas y hostilidades externas que definirían su último y convulso gobierno. El proyecto peronista de esta etapa se debatía en una dualidad insalvable: por un lado, una visión estratégica de soberanía industrial y unidad continental; por otro, una fractura ideológica que se había convertido en una guerra civil latente dentro de su propio movimiento. Esta fractura interna no fue simplemente un factor de crisis, sino el vehículo a través del cual los planes de desestabilización externos y los de las Fuerzas Armadas encontraron su cauce y se ejecutaron con éxito, conduciendo al colapso inevitable del proyecto democrático.
2.0 El Contexto Geopolítico: Soberanía Industrial vs. Hostilidad Externa
El proyecto industrial de Perón, que buscaba consolidar la transformación de Argentina de una mera productora de materias primas a una nación con valor agregado técnico, científico e industrial, constituía un desafío directo al orden económico global de la época. Esta ambición de soberanía generó una previsible hostilidad por parte de potencias con intereses históricos en la región, particularmente Gran Bretaña.
La animadversión británica fue documentada por el Dr. Julio Carlos González, Secretario Técnico de la Presidencia en aquel período, y se manifestó en múltiples niveles:
Advertencia académica: En su libro Argentina en 1973, el profesor Henri Fans de la Universidad de Birmingham advertía sobre la enorme dificultad de revertir "la revolución efectuada por Perón". El texto señalaba que sería casi imposible deshacer el modelo industrial argentino sin una acción de la magnitud de una "guerra civil devastadora o una tragedia similar", presentándolo como una barrera formidable.
Contrabando de armas: El 18 de abril de 1974, un miembro de la embajada británica, Mixon Bishop, fue detenido introduciendo al país 17.000 proyectiles de munición de guerra, desembarcados del rompehielos HMS Endurance. A pesar de la flagrancia del delito, la Corte Suprema ordenó su liberación inmediata invocando la inmunidad diplomática.
Declaraciones históricas: Esta hostilidad se enmarcaba en una visión estratégica de largo plazo, evidenciada en dos declaraciones atribuidas a Winston Churchill. La primera, en la Conferencia de Yalta (1945), fue una advertencia a las potencias aliadas: "No dejen que la argentina se convierta en potencia porque detrás de ella arrastrará todo hispanoamérica". La segunda, pronunciada en la Cámara de los Comunes tras el derrocamiento de Perón en 1955, calificó el hecho como "la mejor reparación del orgullo del imperio británico" y le otorgó una importancia similar a la victoria en la Segunda Guerra Mundial.
Frente a estas presiones, Perón articuló una estrategia de contrapeso basada en la unidad continental. En una entrevista de septiembre de 1973, anticipó el dilema que enfrentaría la región, afirmando que para el año 2000, sería "América Latina unida o dominada". Su propuesta consistía en forjar una comunidad y un mercado común latinoamericano para neutralizar a las potencias "sub-imperialistas". Esta hostilidad externa, real y percibida, alimentó un clima de asedio que exacerbó la desconfianza interna, donde cualquier disidencia podía ser interpretada no como una diferencia ideológica, sino como la acción de un enemigo infiltrado.
3.0 La Fractura Interna: Las Dos Visiones Irreconciliables del Peronismo
El colapso del tercer gobierno peronista no puede explicarse sin comprender la guerra civil ideológica que se libraba en su seno. El movimiento se había convertido en un campo de batalla para dos proyectos nacionales mutuamente excluyentes. Por un lado, la visión de la izquierda revolucionaria, encarnada en Montoneros y la juventud militante, que concebía el regreso de Perón como el punto de partida para una transformación radical hacia la "Patria Socialista". Por otro, la visión ortodoxa, liderada por la dirigencia sindical tradicional y la derecha del movimiento, que aspiraba a restaurar el modelo de un estado fuerte, industrialista y con justicia social, pero firmemente anclado dentro del sistema capitalista, evocando el período 1945-1955.
El propio Perón reconoció esta diversidad que amenazaba con desgarrar su liderazgo, admitiendo: "tenemos hombres de extrema derecha y tenemos hombres de extrema izquierda". El conflicto se agudizaba por la frustración de la "juventud idealista" que, como señala Julio González, había "puesto los muertos" durante los años de proscripción y esperaba una participación democrática genuina, solo para encontrarse con un gobierno de "ministros octogenarios" que representaban a la vieja guardia y desconfiaban de sus aspiraciones renovadoras.
La siguiente tabla resume las dos visiones en pugna:
Esta fractura ideológica, lejos de resolverse a través del arbitraje político, se manifestaría violentamente con una serie de eventos decisivos que marcaron el rumbo hacia la confrontación total.
4.0 La Escalada del Conflicto: De la Plaza al "Documento Reservado"
El período 1973-1974 marcó el punto de quiebre definitivo entre Perón y la izquierda de su movimiento. La tensión ideológica se transformó en una guerra abierta a través de una secuencia de hechos violentos y discursos confrontativos que hicieron imposible cualquier reconciliación.
Los hitos clave de esta escalada fueron:
El asesinato de José Ignacio Rucci (25 de septiembre de 1973): Dos días después de que la fórmula Perón-Perón ganara las elecciones, el asesinato del Secretario General de la CGT fue el detonante de la represión. La reacción de Perón, según relató Julio González, fue visceral: "He quedado mutilado con esto". Este evento fue percibido por el líder como una traición que justificaba una respuesta contundente.
El "Documento Reservado" (1 de octubre de 1973): Pocos días después, circuló este documento interno que funcionó como una "declaración de guerra por todos los medios" contra la "infiltración marxista". Su instrucción clave, dirigida a los cuadros leales, era explícita y ominosa: "usar todos los recursos que tengan a mano" para combatir al enemigo interno, habilitando de hecho la violencia paraestatal.
El discurso del 1 de mayo de 1974: La confrontación se hizo pública y masiva en la Plaza de Mayo. Ante los cánticos de las columnas de Montoneros contra su esposa y vicepresidenta, Isabel Perón, el General respondió desde el balcón con una dureza inédita. Calificó a los manifestantes de "estúpidos que gritan" e "imberbes". Este insulto, percibido como una expulsión simbólica, provocó la "masiva retirada de los militantes de montoneros" de la plaza, un acto que visualizó la ruptura ante todo el país.
Julio González ofrece una perspectiva reveladora sobre este momento, señalando que Perón no expulsó a la juventud, sino que "es abandonado por la juventud". En consecuencia, el movimiento "se seca", perdiendo su capacidad de renovación. Tras el acto, Perón le confesaría a su asistente Medina: "Se me fue la mano, se me fue la boca". Esta ruptura política, sin embargo, ya era irreparable y se tradujo de inmediato en una estrategia de depuración que combinó herramientas legales y paraestatales.
5.0 La Doble Vía Represiva: El Estado Legal y el Paraestatal
Una vez consumada la ruptura simbólica en la Plaza de Mayo, la facción ortodoxa del peronismo, con el aval de Perón, procedió a materializar la "depuración" del movimiento mediante un doble mecanismo: un andamiaje legal diseñado para la represión estatal y una red paraestatal a la que se le otorgó licencia para aniquilar.
La Vía Legal
El instrumento central de esta estrategia fue la Ley 20.840, conocida como "Ley Antiterrorista" y redactada por Julio González. Esta legislación, aprobada por unanimidad en el Congreso, reprimía dos tipos de subversión estableciendo garantías procesales como la competencia de jueces federales y el derecho a la defensa:
Subversión Bélica: Penaba actos violentos directos, como colocar bombas o cometer asesinatos.
Subversión Económica: Castigaba el vaciamiento de bancos, la quiebra fraudulenta de empresas y la destrucción de la producción. Esta legislación fue descrita por su autor como "única en el mundo".
La Vía Paraestatal y la Influencia Militar
Paralelamente, se desató una purga violenta contra la militancia de izquierda. José López Rega, Ministro de Bienestar Social, fue una figura clave, descrito como un hombre "funcional" al "régimen" militar que "veía comunistas por todas partes". La represión paraestatal fue ejecutada por grupos compuestos por policías, militares retirados y miembros de la juventud sindical, que actuaban con "zona liberada", como en el asesinato del abogado Tito de Leroni, un caso emblemático de esta purga contra un militante del Peronismo de Base.
La tesis de Julio González sostiene que la decisión de combatir a la izquierda "había sido tomada antes del regreso de Perón" por el gobierno militar de la "Revolución Argentina". Esta estrategia fue impuesta al peronismo y aceptada por los "viejos del peronismo que no querían las innovaciones", consolidando una continuidad represiva entre la dictadura saliente y el gobierno democrático.
Tras la muerte de Perón, el componente paraestatal que había operado en los márgenes del poder fue progresivamente formalizado y amplificado por el propio aparato gubernamental.
6.0 Consecuencias: La Transición al Terrorismo de Estado
El período posterior a la muerte de Perón, bajo la presidencia de Isabel Perón y el interinato de Ítalo Luder, representó la fase final del colapso del proyecto democrático. Fue en esta etapa cuando la represión se institucionalizó por completo, creando la infraestructura legal y operativa que utilizaría la dictadura militar a partir de 1976.
Ítalo Luder, presidente provisional del Senado y a cargo del Poder Ejecutivo, jugó un rol decisivo. Descrito por Julio González como "obsecuente de las fuerzas armadas", fue quien firmó los decretos que sentaron las bases del terrorismo de Estado al ordenar "aniquilar la subversión en todo el país".
El término "aniquilar" es un concepto militar, no jurídico. Su inclusión en un decreto presidencial significó la legalización de facto de una doctrina de guerra irregular, eliminando la distinción entre acción policial y operación militar de exterminio. Según González, fue la clave para crear la "infraestructura operativa para las desapariciones de la época de la dictadura". Los tres decretos firmados por Luder fueron:
Encomendar a las Fuerzas Armadas aniquilar la subversión.
Poner a todas las policías provinciales bajo el control operativo del Ejército.
Poner a todos los servicios penitenciarios provinciales bajo la conducción del Ejército.
Esta trilogía de decretos consolidó un estado de guerra interno no declarado, unificó a todas las fuerzas de seguridad bajo un mando militar único y otorgó un mandato explícito para exterminar a un enemigo definido en términos ideológicos. La incapacidad del peronismo para resolver su fractura interna y la progresiva cesión de poder a las fuerzas militares condujeron directamente al colapso de la democracia.
7.0 Conclusión
El último período de Juan Domingo Perón en el poder (1973-1974) estuvo definido por el intento fallido de arbitrar entre fuerzas externas hostiles y, de manera más decisiva, una guerra civil ideológica dentro de su propio movimiento. La contradicción entre la "Patria Socialista" anhelada por su izquierda y la restauración del capitalismo con justicia social defendida por su derecha resultó ser una fractura insalvable que el líder ya no pudo contener. La escalada de violencia, la represión selectiva contra la izquierda y la eventual adopción de la doctrina de "aniquilamiento" por parte del Estado no solo destruyeron a una generación de militantes, sino que ejecutaron, desde dentro del propio gobierno, las condiciones operativas y la justificación ideológica que el golpe de Estado de 1976 solo tuvo que heredar y formalizar.