¿Y si la piedra de Sísifo fuera nada más y nada menos que su identidad?
Si Sísifo dejara de ser Sísifo, entonces podría abandonar su castigo, podría dejar de empujar esa piedra por la eternidad; esa piedra en específico que es la piedra de Sísifo y quizás hasta tenga tallado su nombre encima. Esto implicaría abandonar su yo ¿pero, entonces, qué quedaría de aquel hombre? ¿Sin su pasado y sin un hogar al cual volver, sin un nombre al cual responder, a dónde iría? Se disolvería en la brisa que las plantas evaporan y luego absorben o se haría cenizas de la zafra que el viento esparce sobre la tierra fértil de un volcán dormido. Moriría por fin como un espíritu anónimo y abandonaría su osamenta de arquetipos estructurados en su inframundo inconsciente, el sótano de nuestro abismo personal. Perdería la cabeza pues. Y lo veríamos ido, como Pink en su silla, entre escenas revueltas de fragmentos de su vida y "Comfortably numb?" de soundtrack. Catatónico por fuera, brisa leve y frívola por dentro. Volvería al inframundo de su inconsciencia sin que le reconociesen sus demonios y pasaría de largo directo al fondo. Descansaría.
Pero digamos que Sísifo no es suicida ¿o sí? Entonces, condenado a ser sí mismo, debe cargar con el peso de su ego, y ha de empujarlo por la orografía insolente de la afirmación de su potencial humano. Colina empinada es a veces la vida, Alpinismo sin cumbre, escalera al zenit apuntalando a la trascendencia, flecha sembrada en nuestro Edén del que hemos sido expulsados. Ya lo dijo Fromm en su libro El miedo a la libertad: "... esa carga: el yo". En ese libro, Erich Fromm nos enfrenta a la materia prima de nuestras neurosis, al epicentro de las violencias sádicas y masoquistas en su levedad más pura y ajena a la sexualización Freudiana. El yo, como el niño indefenso e inexorablemente solitario que somos, el yo que es una carga. Y ese niño entre la angustia se adhiere rigurosamente a los vicios sin virtud de la violencia, el apetito del poder o la llana irracionalidad para lidiar con la ansiedad de existir así nomás como noúmeno de un dios esquizoide que resopla con desdén y por accidente nos crea. Habla Fromm de la libertad como una condición insoportable si no se tiene la disposición para afrontarla. Desde las condiciones de vida en la época medieval, hasta el capitalismo y la sociedad mercantil de hoy, Fromm va trazando el éxodo de nuestro ego huyendo de la libertad. El libro aún no lo termino, pero no pude evitar reconocer la analogía con el mito griego.