Él es lo único que se escucha en las silentes tardes de su barrio. El golpeo del balón, el sonido de la reja.
Lucas tiene un sueño.
De forma sistemática, él tiene una rutina: a las 3:20 de la tarde toma su pelota de fútbol, le pide bendición a su mamá y va a la desgastada cancha de su vecindario. Él busca que todos sepan quién es Lucas.
Él está solo.
No tiene nadie con quién patear. Sus amigos no pueden ir solos a jugar y sus padres siempre están ocupados trabajando. Lucas tiene que patear, correr y regatear como si estuviera en una final; dándolo todo porque no hay nadie más.
"GOOOOOOOL"
El grito del niño celebrando una anotación se escucha de vez en cuando. Él siempre narra lo que ocurre en su pequeño y solitario partido. Lucas es un apasionado del gol.
Una superestrella.
Lucas quiere jugar en la selección; quiere vestir la camiseta de los grandes. Por eso va todos los días al marchitado césped; él quiere ser inigualable. Día a día su disparo mejora y su pie se hace uno con la pelota.
"¡Tienes talento! ¿Cómo te llamas?"
Un día un hombre con traje miró de lo que era capaz el pequeño Lucas. Se le acercó y le preguntó cuál era su nombre, mientras se presentaba con una voz que le parecía conocida. "Hola chico, soy Rafael Dudamel. ¿Te gustaría jugar en mi equipo?", dijo el elegante señor.
"Soy Lucas. Sin duda, cualquier cosa menos balas"
La respuesta del pequeño sorprendió al hombre. Su sueño tiene atrás las ganas de no matar; de no robar. "La reja está rota porque prefiero venir aquí y jugar por horas en lugar de ir afuera y disparar", dijo el bueno de Lucas.
"Serás el '10'"
Lucas recibió una oportunidad dorada: llevaría el número de los diferentes; de los cracks. Su actitud y su talento deslumbraron a ese hombre llamado Rafael, que en ese momento estaba seguro que tenía la oportunidad de llevar a la gloria a un niño con buenas intenciones.
Pocos recursos. Muchas ganas.
El pequeño era de una familia con una situación difícil. Vivía en un lugar peligroso de su ciudad con su madre y tres hermanos —antes eran cuatro, pero uno murió a manos de la violencia— por lo que creía que era su responsabilidad sacar a su familia de la oscuridad y llevarla al progreso. La oferta del ojeador, como no podía ser de otra forma, fue un milagro para Lucas, que la aceptó sin rechistar y le fue a decir a su mamá.
"La Pantera Negra"
Así le dijeron sus nuevos compañeros tras verlo jugar por primera vez. Una velocidad de otro mundo, un disparo imparable. Lucas tenía magia en las botas y todos podían verlo.
La reja.
Nadie volvió a jugar en aquel campo durante meses, no tenían tiempo, buscaban sobrevivir de otra forma o tenían miedo. La reja sigue rota, los disparos continuos de Lucas le han hecho eso, de la misma forma que actualmente pulveriza las porterías contrarias con sus potentes golazos.
Espero les haya gustado la historia de Lucas, quien es una demostración de que sí se puede, siempre y cuando se quiera. La fotografía fue tomada con una cámara Nikon D3400. Gracias por leer ¡Hasta el próximo post!