Aragón, es una tierra de contrastes, de melancólicos pueblecitos anclados a la vera de una tradición medieval, donde musulmanes y cristianos, aun dirimiendo sus diferencias por la fuerza dela espada, dejaron notables maravillas para goce y disfrute de una posteridad, que no siempre supo apreciarlas en todo su valor.
La región conocida como las Cinco Villas, es una zona privilegiada, que destaca, principalmente, por la mediática belleza de sus pueblos, casi todos conservando buena parte de su antiguo aspecto medieval y sobre todo, para los amantes del Arte en general, y del estilo románico en particular, por mantener, más o menos en un estado aceptable, unos templos, cuya escultura todavía tiene muchas cosas que contar.
Dejando para mejor ocasión otra de las riquezas de esta noble tierra aragonesa, como es la rica y variada gastronomía, se podría decir de una población como Uncastillo, que no importa, en absoluto, el punto cardinal por donde el viajero comience su visita: ya sea desde el norte, desde el sur, desde el este o desde el oeste, siempre tendrá a disposición del objetivo de su cámara, una panorámica tan espléndida, que no podrá por menos que pensar que él mismo forma parte de una maravillosa postal.
Como referencia, antes de introducirnos en la mediática admiración de ese arte románico que la da fama, y para que se tenga una idea aproximada de su privilegiada situación, diremos que las Cinco Villas hacen frontera con Huesca y Navarra, de manera, que no ha de extrañarnos si en el legado histórico-artístico de Uncastillo, nos volvemos a encontrar con los famosos crismones de tipo jaqués u originarios, a priori, de Jaca o con las maravillosas esculturas del llamado Maestro de Agüero o de San Juan de la Peña.
De la importancia de Uncastillo en época medieval, dan cumplido testimonio, no sólo los lienzos vencidos por el tiempo y mil y un avatares del castillo que se elevaba orgulloso sobre un risco, vigilando la población y sus alrededores como un águila que atisba el horizonte, sino también, el número de iglesias que tenía, tanto dentro como fuera de sus murallas, seis, sin contar las pequeñas ermitas que se localizaban por sus alrededores como un mapa estelar, metafóricamente hablando, desplegado sobre la tierra.
De las iglesias románicas, pertenecientes todas ellas a esos lejanos y no bien clarificados siglos XII y XIII, merecen especial atención, por su constitución e importancia, las de Santa María, la principal de todas y de hecho, la que más riqueza escultórica y mistérica despliega, la de San Juan y la de San Felices.
La iglesia de Santa María, se localiza un poco por encima de la carretera general, no muy lejos de donde un cartel indicador, señala a 60 kilómetros la población de Ayerbe, Huesca –donde se supone que la iglesia de San Miguel, de la que apenas sobrevive su torre en la actualidad, fue una de las iglesias que los caballeros templarios tenían en la zona-, 13 kilómetros de Luesia y 15 kilómetros de Sádaba, de la que es notable, sobre todo, su espectacular castillo, que también, como era costumbre, quizás aprovechando los modelos de los castros celtas y las antiguas torres de vigilancia romanas, se eleva por encima de una población sometida a su vera.
Aparte de la belleza de su torre, del ábside y de la magnífica idiosincrasia temática de sus múltiples y variados capiteles, la parte más destacable de la iglesia de Santa María es, no cabe duda, la portada principal, situada en el lado sur de la nave.
Una portada, misteriosa y divertida a la vez, donde la familiar mano de maestros canteros, como el ya mencionado de Agüero, especula con diferentes aspectos de la vida y creencias de la época, donde no faltan las consabidas referencias a los apóstoles, situados como estatuas-atlantes a ambos lados del pórtico y puntos de apoyo a las arquivoltas, con escenas cortesanas, no ajenas al erotismo y la más desvergonzada picardía.
Siendo la principal y la que todavía mantiene activo el culto, en su interior se localizan algunos objetos sacros pertenecientes en origen al resto de templos de la ciudad, donde cabe destacar la presencia de varias tallas marianas, de excelente trazo y notable estado de conservación.
Digno de verse, algo más metido entre las estrechas callejas de Uncastillo, el templo dedicado a la figura de San Felices, no sólo recuerda en su tímpano principal el supuesto martirio del santo, que recuerda, comparativamente hablando, aquellos otros dedicados a santos de similares características, como el de San Pelayo, situado en las Merindades burgalesas.
Siguiendo calle arriba desde la iglesia de San Felices, y situada también en un alto, mirando hacia los lienzos derruidos del castillo, hay un curioso templo, atribuido, según algunas fuentes, a los caballeros templarios, que es el de San Juan.
Este templo, dedicado poco más o menos que a museo en la actualidad, dispone, junto a su ábside, lugar desde el que se tiene una extraordinaria panorámica de todo el pueblo, de un extraordinario cementerio, cuyas tumbas, de carácter antropomorfo, están directamente labradas sobre la extrema dureza de la roca donde se asienta.
Una de las características que más llama la atención, es la gran proliferación de marcas de cantería, sobre cuyo origen y significado, los historiadores todavía no se han puesto de acuerdo, pues mientras que para unos constituirían una señal que determinaba los sillares colocados por cada cantero en vistas a percibir su correspondiente jornal, para otros serían firmas personales, o incluso, yendo todavía más allá, reseñas simbólicas que representarían mensajes para los iniciados y que determinarían informaciones como rumbos a seguir, lugares seguros para habitar o peligros, lo que indicaría unas posibles creencias heterodoxas, cuyo peligro estaba en exponer abiertamente.
Las casas, todavía mantienen esa férrea unidad característica de unos tiempos, los medievales, donde cualquier espacio era aprovechable, y a veces, paseando por las estrechas callejuelas, se tiene la incierta sensación de que casi es imposible adivinar dónde termina una casa y empieza otra.
Como tantos pueblos, no sólo aragoneses sino también castellanos, la arcilla es el material más destacable, si bien, un atento vistazo a los tejados de Uncastillo, hace ver a cualquier curioso que hace tiempo perdieron su color sanguino original, por aquél otro, desgastado por las duras jornadas al sol, que sin embargo, les otorga un notable aspecto mimético con las características de la tierra donde se asienta.
En definitiva, una visita a Uncastillo, no sólo dejará un agradable sabor de boca en el viajero, sino que además, le dejará en su ánimo, la certera sensación de haber realizado un viaje en el tiempo y haber paseado por unas calles llenas de ecos, de historias, de sucesos y de personajes que todavía recuerdan con apego, sus antiguas raíces medievales.
Y si la visita se prolonga, se recomienda ver el atardecer desde la altura donde se asienta la iglesia románica de San Juan: de seguro, tendrán un recuerdo que nunca olvidarán.
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