El día que vi a estos niños entendí que ser feliz es cuestión de actitud, es un acto reflejo de consciencia y, sobre todo, de inocencia.
Sin darnos cuenta, rechazamos a la felicidad porque el día a día nos consume y porque en nuestra meta de progreso se nos olvida dar gracias a que estamos vivos, que tenemos ropa, salud, comida, que podemos pestañear, ver, escuchar e, incluso, porque podemos sonreír, así no tengamos dientes.
Estos hermanitos me vieron con la cámara fotográfica durante una visita política de mi anterior trabajo a una de las playas de Río Chico, estado Miranda #Venezuela y me pidieron que les sacara una foto, de la forma más tierna y educada que alguien puede pedir eso.
Los atendí gustosamente y la reflexión fue inmediata, pues, por esos lares hay un sol inclemente, el calor es bastante intenso y la población, lastimosamente, no cuenta con la mejor alimentación y forma de vida.
Recuerdo que ese día me quejaba por el calor, porque llevaba horas sin comer, porque estaba sudado y se había retrasado por tres horas esa pauta, cuando esos pequeños me alegraron el día a mí y a unos compañeros periodistas.
Los dos posaron para el lente de la cámara (la de mi trabajo) y la energía de ambos en aquel lugar era tan fabulosa que mi compañera y otros colegas quisieron tomarse una foto junto a ellos.
Me di cuenta que la felicidad es incorpórea e invisible y lo es porque así lo decidimos.
Sé que ambos no eran de familias pudientes y allí estaban sonriendo, siendo felices con inocencia, tanto que a uno de ellos no le importó que le faltaban todos de los dientes incisivos frontales (los dos superiores y los dos inferiores) y fue el que sonrió con más energía. Estoy seguro que ni lo recordaba o fue más importante para él estar abrazado con su hermano.
La felicidad es ser completamente agradecido tanto con lo que se tiene como con lo que aún no se posee, será cuestión de nosotros elegir si sonreímos teniendo lo que ya logramos o si simplemente dejamos que la alegría se nos transparente.