Era evidente que pasaría, los truenos y los relámpagos eran indicio de ello. Me acerqué a mi abuelo para ponerlo en aviso, y me dijo: “La lluvia es una bendición”. Indagué un poco más, pues siempre que el cielo se abre como hoy, agradece a Dios. Entonces explicó: “La lluvia es una bendición porque el agua que cae del cielo es elemental para que las tierras den frutos, para que los mares y los lagos continúen su estancia, para los animales que desean saciar su sed, para ti, para mí y para todo aquel que ve su grandeza”.
Entonces, no me hice de rogar, calenté un poco de leche para preparar dos tazas de café, y arropados hasta más no poder, disfrutamos de la fría y húmeda tarde.