Se extiende a lo largo de su cuerpo, avanza un brazo para tocarme la pierna con el filo de las uñas, y ya sé que me está diciendo que me quiere.
Le beso, acaricio su cabeza, deslizando la mano por la frente hasta la nuca, y ya sabe que agradezco haberlo conocido.
El hijo de Cataluna y de nadie más en concreto nació y eligió mis brazos como vigas de su casa, a pesar del movimiento, a pesar del maleficio, a pesar de lo de siempre.
Me alegra que opine, ahora que hace muchos años de aquello, que todo valió la pena.
En la foto, Sócrates, el hijo de Cataluna