Uno se extravía —irremediablemente— en estas ciudades insondables. Hay asfalto y edificios numerosos y un mar de autos que ruedan hacia los cuatro puntos cardinales, con la prisa que dictan sus días. Uno está quieto, en una esquina, amparándose del sol o la llovizna y de pronto surgen mil imágenes. Desaparecen el asfalto, los numerosos edificios, los autos con su prisa y surgen, como un vendaval sonoro, la guardarraya, el surco, el nidal, la voz de mi padre, las aguas del río Sagua la Chica, la aguja y el dedal de mi madre, una constelación de imágenes gravitantes que dicen que ese soy yo, que fui yo, alguna vez, en cierto sitio, donde los pantanos y la caña dictaban el paso de las estaciones.
Uno quiere huir, precipitarse —como un balón de futbol— hacia esas imágenes. Ellas traen no sé qué fuerza, no sé qué robustez, que te ennoblecen cada célula, cada glóbulo rojo, cada dendrita, hasta fosforecer, contagiándote esa rabia que es la nostalgia.
Uno lucha, cierra los ojos y repite: solo son imágenes, solo son imágenes, porque uno se ha aventurado. Ha dejado atrás el canto del gallo, las luciérnagas, el croar de las ranas plataneras. Uno se ha aventurado y ese gesto te ha conducido a la enorme ciudad donde el asfalto, los edificios y los autos se precipitan. Uno se ha aventurado y esta ruta contiene sus propias conflagraciones, sus nuevas imágenes. También la ciudad es suave y roja, como las semillas del cundeamor y se abre, lúcida y vital, a la noche clara.
Uno se extravía, pero su deber es reencontrarse. Uno debe tener el suficiente valor para reconocer que cada día trae su propia vastedad. Que este presente se mezclará, irremediablemente a ese pasado, conteniendo una sola luz, un solo haz, un solo resplandor, un solo hálito, porque somos uno en el vasto universo, apenas polvo, apenas sustrato y nuestra memoria también contiene el sabor de aquella manzana que compartieron Adán y Eva, nuestra memoria también contiene la herida que sufrió Alejandro o el ardor de las llamas en Jerusalén, porque todo es memoria en la precipitación de nuestras horas.
Y no quiero, en verdad no quiero ser el extraviado, sino un hombre atento a las tempestades, al quejido de la hoja en otoño, al susurro de las hormigas; atento al cardumen, al viento leve, al roce de un crepúsculo, a las cien mil formas que tienen la naturaleza y el tiempo para robustecer nuestra alma.
Uno tiene el deber de frecuentar el silencio, de palpar, si fuese preciso, el ojo del huracán, el témpano a la deriva y repetir: no más extravíos, ahora seremos el núcleo candente de la tierra, un centro vivo donde se fraguan infinitas energías y salir al trillo, a la guardarraya, al asfalto y ser uno y sentir a los demás y mezclarse y rejuntarse y caminar, reptar siempre, ser un átomo, una partícula itinerante que fustiga y alienta al prójimo, no una tenue estrella, sino un sistema solar, una galaxia, una vía láctea…
No quiero ser el extraviado, sino el hombre que transita de un abrazo a otro abrazo, amanecer al centro de un círculo sagrado y que todas las voces y todos los cantos confluyan sobre mí; eso deseo, eso pido: la levedad del pistilo, el fragor del polen, la profundidad del árbol, su raíz, su tallo, su espesura…
Mérida, 7-9 de junio de 2025