La profunda sensación de materialidad que rodea el orden del cuerpo, este cuerpo no solo como realidad física sometida a la gravedad de las ideas, sino como arquetipo fundamental de un cumulo de memorias que luchan contra la incertidumbre del tiempo. El tiempo se teje en las entrañas de nuestra movilidad; perturba mientras distraídos alimentamos de información recurrente las ideas que representamos ante el mundo. Cuando por fin hay algo más allá, las cercas retienen la identidad de los días; se quieren construir pronto, quieren recordarse constantemente, quieren mantener a presión el tiempo que hemos logrado acumular, el placer de una buena historia, la real, la ficticia, y quizás la que aún no se ha formado.
Ante la ciudad que nos construye, y limita las fronteras de nuestros sentidos, no hay mejor manera de pensar la muerte que olvidarla, o declararle la guerra apostando la nación del cuerpo.
Hay personas que salen de sus casas, llegan al trabajo, vuelven a casa, y le preguntan a este cuerpo que es toda una familia contenida en el vientre de una constante represión, si aún están dispuestos a construir las cercas comunes de un hogar prestado; prestado a la guerra, la más ancestral, la de los puntos que se tocan y explotan para ganarle terreno al vacío, a la incertidumbre que nos roba las huellas del camino que construimos para sentir que hay sentido de saber pertenecer, por lo menos, a un pequeño espacio que debate significados negando ser aleatorio.
Quién controlará los sabuesos del destino, si aún cuando la muerte llega, y has logrado golpearla lejos en su profundidad, termina desdibujando los bordes del hogar de tus memorias, los sentimientos se escapan por la grieta de tus errores, y ahora entregados al tiempo son nada entre la nada, como tu creías serlo mientras el mundo te vendía las tablas de tu identidad, para construir cercas que ayuden, a bloquear la incertidumbre del futuro.