Con la mirada nos dijimos todo
A veces se escapaba de su pecho
forzado gozo, y sin razón reía
Otras, entre sus manos escondía
su hermoso rostro, en tierna huida.
Siempre inquieto y nunca satisfecho,
yo con ávidos ojos la seguía,
porque era su sonrisa causa de la mía.
Los dos, ese día, en solitario huerto,
nos vimos con placer, fingiendo en vano,
junto a un almendro, que se alzaba ufano
de vigorosa floración cubierto.
Al azar se cruzaron nuestras miradas,
llenas de fuego, como en lid reñida
fulgurando se cruzan dos espadas,
y envolvió nuestras almas de tal modo
aquel desbordamiento de la vida,
que, sin hablar, nos lo dijimos todo.