En esta casa no hay nada.
No me acecha un fantasma
ni me atormentan los muertos,
ni me horroriza la noche
con sus sombrías criaturas.
No silba la brisa al cruzar mi porche
vacío de duendes y de brujas.
No hay pasos invisibles,
ni crujidos estridentes,
ni alaridos, ni demonios,
ni jadeos, ni frío.
En esta casa no hay nada.
No se reza el castigo
del vampiro, ni de su ansia;
ni siquiera un aullido a lo lejos
se oye de hombre o de bestia.
Si hay lunas rojas,
si hay lunas blancas,
es una página donde no pasa nada.
No hay vírgenes tapiadas,
ni un cadáver hinchado
flotando en el hondo pozo;
no hay vidas ahogadas,
ni casta de asesinos,
ni hachazos, ni garrotazos
rasgando el sigilo.
En esta casa no hay tumbas
con niñitos difuntos
ni ancianas malditas,
ni la profanidad del brujo,
ni la instigación de la oscura sibila.
Aquí no visitan los cuervos,
ni cantan los chaures,
ni croan los sapos,
ni se arrastran las serpientes
en un pantano viscoso y maloliente.
Tampoco hay páramos,
con neblinas siniestras
y jinetes malignos.
En esta casa no hay nada.
Todo falta en esta inmensa noche,
en esta eterna noche,
que sin razón me espanta.
Obra de Juana Romani (c.1900) - Imagen del Dominio Público (Wikimedia Commons)
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