Ella me obsequia besos,
me muerde
y a veces me hiere;
otras veces me quiere.
Sus besos
me han matado
y me han salvado
-todo en segundos-
mientras en el exterior
se libran guerras
por petróleo,
por territorios llenos de tesoros,
por religiones,
por odio;
por casi cualquier cosa.
Nuestras guerras,
que a veces son interminables,
son por placer
y por no abandonarnos.
Su alma no es mía
y mi alma
no le pertenece,
pero qué bien se sienten ambas
cuando se encuentran
al final del día.
Ella me guiña un ojo
y el mundo se detiene
para que podamos
recorrer el universo
y así entender
que los mejores senderos
de la vida
están acompañados
de risas.
Todo es bonito,
aunque ella tiene malicia
en la sangre
y a veces
mi destino
corre peligro
de quedar ciego;
pero yo ya me entregué
ciegamente
a su manera de quererme.