Hace seis años
me enamoré
por primera vez
y creí haber encontrado
al amor de mi vida,
aunque sólo tenía quince
(quince miserables años).
Aquella chica era una diosa,
una joven
y malvada diosa:
tenía una cruel manera
de enamorarme
y de hacerme sentir culpable
por cada cosa que le disgustaba.
Pero yo era feliz,
o eso creía,
pues me sentía encantado
y hechizado por su sonrisa.
Ella me hacía daño
y yo a ella
por engañarme a mí mismo
creyendo que eso era real.
Maldición,
sólo tenía quince años,
¿qué podía conocer yo del amor
a esa edad?
Todo era muy divertido
hasta que ella
enloquecía sin sentido
y me hundía
haciéndome sentir un perdedor.
Yo sólo pensaba
que éramos demasiado jóvenes
y que aún necesitábamos
aprender
mucho más de la vida.
Pero después de tanto aguante,
ella se fue
y yo también lo hice:
nos perdimos.