En alguna ocasión de mi vida,
tuve el infortunio de conocer al amor,
se presentó en la extraña forma de una jóven que necesitaba de mí
más de lo que podía yo necesitarla.
Era tan frágil, tan inocente, tan inexistente.
O al menos eso parecía.
Había un mundo tras aquellos ojos vacíos,
un mundo lleno de voces.
Hubiera hecho cualquier cosa por ella,
llorar, reír, matar o morir.
El problema fue, que ella me mató primero a mi.
Sí, me quitó todo lo que tenía, todo lo que era mío.
Empezó por mi libertad, continuó por mi felicidad,
siguió con las esperanzas que en algún momento tuve
y terminó con mi dignidad.
Se alejó poco a poco de mí cuando logró arrebatarme todo,
y mi mundo cayó,
se volvió cenizas,
nada.
De pronto, el inexistente, era yo.
Luego de todo el infierno que atravesé,
años después y solo por cortesía,
me devolvió todo lo que me quitó.
Lo que ella nunca notó es que yo la sentía mía.
Pero nunca volvió a mí.
Y aún duele, porque aún la amo,
sí, sigo buscando su reflejo en todos a mi alrededor, porque de algún modo
aún espero que vuelva a donde pertenece,
a mí.