En tu ausencia,
espero, vuelvo a esperar,
a alguien desconocido aún.
Las pretensiones no rivalizan con nadie.
Sólo mis ilusiones te conocen.
Por ahora,
los astros te han perpetrado en la zozobra,
eso atenta contra mi entereza.
Mi voluntad es una, la realidad es otra.
El destino todavía no nos inscribió en él;
nos queda abogar a la suerte.
Mi nombre y el tuyo parecen expeditos de su frontera,
todavía no posan juntos,
pero sé que estarán uno al lado del otro,
aunque ocurra en otra época,
y se necesite más tiempo.
Seguimos encerrados en un instante común
que no todavía no se avecina…
Dudas que me hacen ser tan humano,
pero mi instinto se ha vuelto únicamente animal.
Te he visto pese a eso;
¡si tuvieses mis ojos sabrías qué grande eres!…
Te sentí;
mi corazón late más rápido y aún no te tiene cerca…
Te pensé;
y siento el mareo de las vueltas que das a mis pensamientos…
Te deseo,
pero te volviste una necesidad…
Ahora vivo con esa dependencia,
se supone que eres una clemencia en mi vida.
Me aguarda tu divinidad,
pero me siento como un ciego,
porque aún no te he visto,
así enmudeciste mi temor…
Todavía no hemos conversado,
pero he escuchado como suena nuestra petarda tentación.
Saboreé esta diminuta fortuna…
Solo las palabras rellenan, por ahora, tu belleza.
Tu voz tiene el talento de susurrar
tantas ideas sobre mi propia versión de ser libre
que me promueven a desistir sobre el miedo.
Esta extraña pasión que desconoce todavía tu nombre,
florece a la par del prejuicio de soñarte
en medio de mi propia superstición
sobre mi futuro
contigo.
Instintos, sentimientos, poca razón,
sólo otra historia que marcha
a cántaros con pasos carentes de tu trayectoria
y un relieve ficticio que me priva de ti,
a pesar que seas la prisionera de mi memoria.
No te conozco,
no sé quién eres,
ni cómo luces, tampoco tu nombre.
Solo sé que cuando te vea
sabré que eres tú.
No temblará mi voz cuando te sienta.
Ni agonizarán mis cuerdas vocales
para pronunciar todas las palabras
que ya he comenzado a decirte…