El año pasado, la academia sueca hizo un doble anuncio para galardonar a los escritores Peter Handke y Olga Tokarczuk, de quienes no había leído nada e inmediatamente los incluí en mi lista de pendientes. Aún sigo sin leer a la polaca, pero recientemente me leí una novela corta del austriaco, escrita en 1974, que se llama Carta breve para un largo adiós y que me me gustó bastante.
Estoy preparando un post sobre la lectura de esa novela, mi primer encuentro con Handke, así que no daré muchos detalles al respecto; lo que me trae hoy acá es una frase contenida en la historia. Benedictine es una niña sobre la que el narrador de la novela dice en algún momento:
“…sentía como Naturaleza los signos y objetos artificiales de la civilización”
y esa posibilidad capturó toda mi atención. Pensemos en una gran ciudad, una metrópolis tecnológica como Tokio, con sus rascacielos, pantallas luminosas encendidas 24/7, sus consolas de video juegos, los automóviles, en fin, todo lo que implica la modernidad. Ahora imaginemos a un niño nacido y criado en Tokio que nunca haya visto el campo, que no conozca los caballos, que no haya visitado nunca un río y que se haya acostumbrado a la tecnología y al paisaje urbano de una manera tal que le resulte natural.
Para algunos puede parecer exagerado, pero sabiendo que los seres humanos nos condicionamos para aceptar lo que nos resulta familiar, no es descabellado pensar que el niño del ejemplo llegue a ver los semáforos, la señales de tránsito, los edificios y demás características urbanas como elementos naturales de su entorno. Sé que el título de este post incluye un oxímoron, pero la frase de Handke me dejó pensando en esa posibilidad porque los seres humanos se alejan cada vez más de los ríos, de las montañas y las especies naturales y se acercan más a la realidad virtual, las discos, las calles de asfalto y toda las experiencias virtuales. Si nos encerramos en nuestras junglas de concreto y nos olvidamos del mundo que existe allá afuera, ese mundo que era antes de nosotros y que hemos desplazado por el hormigón y el asfalto, puede que nos ocurra como a la niña de la frase en la novela de Handke.
Afortunadamente, una de las cosas positivas que ha dejado este año con sus meses de confinamiento, ha sido la saturación urbana de la humanidad. Encerrado en su casa, entre cuatro paredes de concreto, el hombre se sintió preso, arrinconado y sintió dentro de sí la llamada de lo salvaje, ahelando una plya, una montaña o algo de tierra bajo sus pies. Ese retorno a la naturaleza quizás pueda indicar que un escenario como el sugerido por la frase de Handke es posible aunque improbable y ojalá sea así; ojalá no exista ni siquiera un niño que vea los semáforos como árboles urbanos, los hidrantes como hongos y a los automóviles como diferentes especies que habitan esta enorme selva de concreto y que luego cuando llegue a un bosque piense que un río es una calle de agua o que un caballo es una motocicleta animal, ¿creen que es una exageración? ¿que no deberíamos preocuparnos por eso? ¿creen que es algo que nunca va a llegar a pasar?, o por el contrario ¿les parece un futuro imaginable? Los leo en los comentarios.