Como miembros de un colectivo, una sociead, un país, nos gusta enunciar lo que creemos que es mejor para la vida en conjunto. Con frecuencia nos oímos decir y escuhamos a los políticos pronunciarse con repecto a los valores básicos indispensables para lo que consideramos una vida digna. Libertad, Igualdad, Fraternidad, reza el famoso lema oficial de la República Francesa. Se pueden agregar muchos más, pero estamos de acuerdo en que esos dos primeros valores se consideran indispensables en todos los países, al menos teóricamente.
Aunque algunos pueden cosiderar que Mario Vargas Llosa, escritor peruano ganador del Premio Nobel de Literatura en 2010, es un novelista denso, que las estructuras de sus novelas no siempre son fáciles de seguir y no a todos les guste esa capacidad creativa, hay que reconocer que es un ensayista lúcido, como pocos hay en la actualidad. He tenido la oportunidad de leer varios de sus libros de ensayo sobre diferentes temas (obras literarias, el arte, la cultura, el liberalismo) y siempre me ha parecido un pensador racional, objetivo, que disecciona los conceptos hasta su mera raíz y esgrime argumentos a favor y en contra de casi cualquier postura, dando su opinión, sí, pero dejando espacio a la posibilidad de estar equivocado, reconociendo el mérito también de los que piensan diferente a él. No es una actitud muy compun entre quienes se expresan con respecto a estos temas y creo que por eso sus ensayos me resultan tan enriquecedores.
Una de sus obras más recientes es El llamado de la tribu , una especie de autobiografía racional de los autores que han moldeado su manera de pensar durante las últimas décadas. El libro es un gran documento sobre el liberalismo, sus defensores y detractores, desde los días de Adam Smith hasta la actualidad y posee muchos apartados ingeresantes de los cuales hoy destacaré uno.
No pude ubicar la cita textual (perdí mi hoja de apuntes y no subrayo los libros), así que no recuerdo cuál de los pensadores citados da la siguiente idea, pero reconocerán que tiene bastante validez: los valores más altruistas, esos que creemos deben regir la vida en una sociedad, son irreconciliables en su sentido absoluto. No pueden alcanzarse todos. No a la vez. En otras palabras, el extraordinario lema francés no es más que una extraordinaria utopía: la igualdad y la libertad apuntan en direcciones opuestas.
Antes de explicar un poco, volvamos a esas últimas líneas. La palabra clave es "absoluto". Eso quiere decir que una sociedad no puede alcanzar el máximo grado de libertad posible y al mismo tiempo el grado máximo de igualdad porque una cosa socava la otra, repito, en su sentido más absoluto.
La libertad está considerada como "la capacidad humana de actuar por voluntad propia" según el diccionario de la Real Academia Española. En cuanto a los Estados democráticos, el mismo diccionario define la libertad como el "derecho de valor superior que asegura la libre determinación de las personas". Me incomoda un poco ese libre dentro de la definición misma de la libertad, pero básicamente se trata de la capacidad de las personas para decidir hacer, o no, las cosas. Esto les entrega el poder sobre sus acciones y también la responsabilidad de sus actos, pero somos libres en la medida en que podemos hacer lo que nos dé la gana. Es propio de las ideologías liberales, brindar espacios de acción a las personas para que puedan manifestar su libertad de culto, de credo, de empresa, de afiliación a algún partido político, la práctica del deporte o la disciplina que los satisfaga como individuos. Casi podríamos decir que la libertad es un valor individual: para que exista, cada uno de los miembros de la sociedad debe sentirse libre.
En cambio, la igualdad es un valor colectivo porque se sirve de la comparación. Somos iguales si estamos todos en las mismas condiciones. Apostar por una igualdad absoluta entre los individuos es propio de las ideologías de izquierda, quienes la promocionan como el valor supremo: todos somos iguales ante los ojos del Estado (valga el eco religioso de la frase). Sociedades en donde todos sus individuos aspiren a un mismo rango de sueldos, tengan un mismo tipo de entretenimiento, exigen un control supremo del Estado, como lo hemos visto no sólo en las distopías literarias, sino también en la realidad. Considerar que todos debemos ser iguales y tener lo mismo es un concepto que justifica expropiaciones, límites económicos, intervenciones estatales, mecanismos de control necesarios para que unos no resulten más perjudicados que otros. Igualdad es una distribución racional, casi matemática, en la que a todos les toca lo mismo y todos deben contribuir en igual medida según le sea indicado por la autoridad.
De allí que la igualdad merme los espacios de libertad. El Estado que equipara a todos sus indivduos hace tabula rasa de las condiciones individuales de cada uno, de sus aspiraciones, su personalidad y todos los elementos que enriquecen esa individualidad. Un regimen centrado en la igualdad ve que el país necesita obreros metalúrgicos y crea una institución, un programa en el que los individuos se formen para ello y contribuyan con el progreso de la sociedad en esa área que les ha sido impuesta. ¿Qué pasa si entre esos futuros obreros se esconde un artista, un hombre que sueña con pintar cuadros, crear obras de teatro o canciones? Ese individuo se ve oprimido dentro de un sistema que violenta su libertad porque no puede pintar como quiere, o como en el caso de Kurt en Werk ohne autor, la película alemana de 2018, se ve obligado a pintar lo que le ordenan.
Por el contrario, si se deja que cada indviduo persiga su realización personal, se verá cómo algunos son más aptos para algunas tareas que otros. Las personas dedicarán más tiempo y esfuerzo a aquello que desean concretar obteniendo una ventaja sobre aquellos menos disciplinados o concentrados en esa área. Surgirán artistas increíbles y hombres de negocio exitosos, pero también habrá un sector de la sociedad que obtendrá resultados más modestos, incluso mediocres, porque las capacidades individuales, los recursos y las experiencias, serán muy diferentes, ¿y cuál es la idea opuesta a la igualdad? La diferencia.
Es por eso que aspirar a que una sociedad sea absolutamente libre y absolutamete igualitaria a la vez es una imposiblidad, casi un sinsentido. No significa esto una decepción, sino que es necesario equilibrar las fuerzas, hacer un puente sobre el abismo que separa a estos dos valores: establecer igualdad de oportunidades, que ante la ley todos los individuos sean iguales, pero se les juzgue con agravantes y atenuantes del caso, que existan instituciones que vigilen prácticas o comportamientos perjudiciales para el colectivo, pero que también existan los espacios para la realización de cada persona. Sólo entendiendo la conciliación de estos dos valores se puede avanzar hacia una sociedad más positiva. Cualquier persona, o partido, que enarbole la libertad como único estandarte puede resultar tan perjudicial como la que persiga en la igualdad, y sólo en ella, su tierra prometida. No podemos ser todos libres y a la vez todos iguales (va en contra de nuestra naturaleza y en contra de la esencia de cada individuo) pero sí podemos aspirar a formar parte de un colectivo que nos brinde a todos las mismas oportunidades, permitiéndonos ser felices, cada uno a nuestra manera.
Sí podemos encontrarnos en el puente.