No paraba de quejarme por distintas situaciones que me aquejaban… hasta que un día me di cuenta de algo fundamental: había olvidado apreciar la belleza de lo sencillo. Afortunada de haber sido criada viendo la belleza de lo cotidiano, hoy quiero compartir contigo cómo esta perspectiva ha transformado mi vida.
Vivimos en un mundo que constantemente está evolucionando y con ello mismo esa necesidad imperiosa de actualizar nuestras herramientas de comunicación (teléfono, televisión, etc.) hasta nuestra forma de vestir para estar a la moda. ¿Hemos notado que vivimos al ritmo de otros? Que sin querer nos imponen todos aquellos parámetros que muchas veces se hacen una “necesidad” para ser feliz.
Hoy comprendo la fortuna que tengo. Mis padres me inculcaron la importancia de mirar hacia adentro y valorar lo que poseo. A pesar de que la sociedad nos bombardea constantemente con imágenes de éxito y perfección, he llegado a entender que la felicidad no se mide por estándares externos, sino por nuestra propia perspectiva de la vida. Muchas veces nos compramos con la vida de quienes supuestamente están “mejor” y lo pongo así ya que ¿Qué es estar mejor? ¿Simplemente lo monetario? No creo.
Soy hija de un hombre soldador, humilde, de familia trabajadora, ¿Cómo nos sacó a delante? Gracias a su trabajo. Este alcanzaba para lo básico, comida, educación, salud y algunos gustos. Sin excesos. ¿Sabes qué admiré de mi papá? Esa forma genuina de ser feliz con lo sencillo, de ver esa belleza de lo cotidiano. Uno de los regalos que más recordaré y atesoraré en mi corazón es un anillo con una pequeña piedra rosada y no, no es un diamante o una gema preciosa. Mi anillo estaba hecho de algo más preciado: AMOR. El anillo lo hizo mi papá con una piedra de dominó que pulió con sus propias manos hasta hacer un anillo a mi medida y le pegó una pequeña piedra rosada de bisutería. Anillo que por meses usé bien coqueta. Mi papá me enseñó que hay que ver más allá de lo superficial de aquello que nos “adorna” la belleza de un buen corazón y las intenciones. Mi papá es un hombre que dice que de una uva comen 100 y evidentemente es exagerado, pero en nuestra situación nunca faltó un plato para quienes necesitaran.
Mi mamá, una mujer excelente, dicen que polos opuestos se atraen y así fue mi mamá y papá, jaja, ella bien coqueta y el bien relajado. ¿Qué cosa en común? Buen corazón. Mi mamá, una costurera que por la misma situación fue empujada a aprender más y más sobre el oficio y hoy le agradezco de corazón. No hay “moda” que no me haya podido realizar, de Shakira a Fey y su “dulce amargo” pude estar siempre impecable gracias a ella. Nunca olvidaré sus trasnochos para de un 23 para que el 24 de diciembre sus hijas lucieran impecables. Además, no teníamos carro, así que mi mamá nos llevaba al colegio todos los días, cuidaba de nuestra salud y nuestro bienestar. Mi mami me enseñó que en la humildad puedes vivir igualmente con dignidad, de forma aseada, y siempre con la mira a aspirar mejorar.
Ver a estas dos figuras me hizo valorar las muestras de amor infinito que se pueden dar en lo diario y en lo cotidiano, en lo que vemos que es normal. Muchos pensarán, es el deber ser, ya que son tus padres, pero yo me enfoco en la belleza que existe en esa impresión de amor realizada por ambos para hacerme a mi hermana y a mí felices.
Y así, crecí observando a mis padres, aprendiendo que la felicidad no se encuentra en las cosas materiales, sino en las pequeñas acciones, en los detalles, en el amor que se da día a día. Recuerdo las tardes de domingo en las que mi papá nos compraba un helado de pote y lo comíamos en familia, de las veces que nos recostamos al techo de la casa de la abuela para ver el cielo y simplemente conversar, de las pequeñas exposiciones sobre los bomberos, la policía, de cómo hacer una torta, eso nos hacía reír a carcajadas.
Recuerdo también las veces que mi mamá nos hacía deliciosas tortas y dulces para compartir, o las veces que hacía inventos para que comiéramos eso que ya no queríamos. Esos momentos, tan simples y cotidianos, son para mí tesoros invaluables.
Con el tiempo, me di cuenta de que muchas personas buscan la felicidad en cosas externas: el último modelo de celular, la ropa de marca, los viajes exóticos. Y no digo que esté mal disfrutar de estas cosas, pero creo que es importante recordar que la verdadera felicidad se encuentra dentro de nosotros mismos y en las relaciones que cultivamos con los demás.
A veces, nos dejamos llevar por el consumismo y olvidamos lo importante. Nos comparamos con los demás, buscando aprobación en las redes sociales, y nos olvidamos de vivir el presente. Pero la vida es demasiado corta para estar siempre buscando la perfección o la felicidad en cosas materiales.
La belleza de lo cotidiano reside en los pequeños detalles: una taza de café caliente en una mañana fría, una conversación sincera con un amigo, una sonrisa de un desconocido. Son estos momentos los que realmente enriquecen nuestras vidas y nos hacen sentir completos.
Hoy en día, busco activamente esos momentos de conexión con mi interior y con los demás. Practico la gratitud, disfruto de la naturaleza (me encanta un árbol frondoso, la belleza de un cielo y su crepúsculo o la hermosura de una flor), Hoy en día con mi hijo trato de repetir esa fórmula hermosa de mis padres, cocino para mis seres queridos, dedico lo más importante que es la calidad del tiempo y me permito simplemente ser.
¿Te has detenido a pensar en la belleza de lo cotidiano? Cuando comiences a ver la felicidad desde otra óptica, entendiendo que no se encuentra en las cosas, sino en las personas y en los momentos que compartimos con ellas vas a ser verdaderamente FELIZ.
Espero que la historia de mi vida te sirva para mirar más adentro y seas feliz con eso que posees sin dejar de evidentemente luchar cada día por mejorar tu situación.
Espero que mi historia te inspire a mirar hacia dentro y valorar lo que tienes, sin dejar de lado tus sueños y metas. Que te motive a construir tu propia felicidad, día a día.
Bye