Sus compañeros de juego, cuando hacían equipo, se lo disputaban; con él la relación de juego era siempre ganar - ganar.
Tenía una inteligencia asombrosa para hacer relaciones, una capacidad innata de convencimiento para hacer ver fácil lo que a otros les parecía difícil, e inicuo lo que a los demás les parecía peligroso.
Seguramente, un día, afeitándose frente al espejo, sintió la necesidad de no tener que pensar en el dinero para dedicarse a trabajar en ser un gran hombre. Se dijo a sí mismo que era cuestión de objetivos, que ellos justificaban los medios. No se alegro especialmente cuando logró su primer millón.
Miraba a otros hacer empresas fantasmas, armados con un número de cuenta y, a lo sumo, un punto de venta (la denominación de empresa de maletín es una metáfora elegante).
Lo intentó de esa manera un tiempo y no es que le fue mal -que algo logró con eso-, pero como ya hemos dicho, fue un inconforme desde siempre. Era mucho trabajo, muy lento para sus aspiraciones; algo en su interior le decía que estaba jugando contra el tiempo.
Alejandro nació con una estrella en la frente, lo sabía. Él pensaba en mansiones, en aviones, en aeropuertos privados. Anhelaba estar donde quisiera sin necesidad de pedir permisos, ni de tocar puertas. Se veía atravesando los lujosos recibidores de hoteles cinco estrellas, sin pasar por admisión… ¡que les bastara a todos el solo anuncio de su llegada!
Podemos imaginar que, siendo ambicioso desde niño, como ya hemos dicho, se tomó en serio el cuento de Alí Babá y aquella riquísima cueva. No imaginó que la tenía tan cerca. Ya había logrado su primer millón cuando se dio cuenta. Levantó la mirada y allí estaba: era tan evidente que pudo entender por qué no la había visto.
Era un hombre joven, arriesgado, calculó los peligros, eran difusos: prácticamente aquello era una rebatiña. Pensó en sus hijos, en su familia y concluyó, que lo haría por ellos, para que vivieran como reyes… Ese día hizo la llamada.
No imagine el lector que yo sé a quién llamó, ni en cuanto tiempo sus diligencias, sus regalos, sus zalamerías e insistencias dieron frutos.
Lo cierto es que se le vio estrechando la mano, -aparecía radiante- de aquel heredero del poder, del más perverso espíritu, aquel que juega con el hambre de la gente.
Y comenzó el gran juego, el velocísimo juego, en donde adquirió Alejandro la capacidad omnipresente.
Desayunaba en el lejano oriente, almorzaba en Meso América, cenaba en el palacio que deseara.
Al día siguiente iba hasta la Patagonia si quería, de allí saltaba a su terruño. ¿Daba un beso a sus hijos? No sabemos, pero ello no es importante en esta historia.
Todo hombre tiene un momento de oro, uno que atesora en su corazón por siempre. Alejandro estaba viviendo el suyo. Era como un agente independiente, una figura de serie, de películas...
Jugaba un ajedrez de gran nivel, tenía capacidad de hacerlo, en simultáneo, en varios tableros.
Él no era el rey, para ello es necesario cargar con una noción de sacrificio.
Era solo el caballo, se sentía muy a gusto en el centro del tablero, avanzando y retrocediendo a conveniencia, saltando de una casilla negra a otra blanca, salvando los obstáculos, saltando sobre los peones.
Tuvo una buena vida ¿quién se puede atrever a contradecir eso?
Ahora está pensativo, transitando de un sentimiento a otro, es comprensible…
Debe acortar en poco tiempo las distancias que lo arrastra desde la omnipotencia a la vulnerabilidad.
Ese es el mensaje que le dan los mosquitos que le rodean.
La diosa fortuna quiere jugar con él ahora. Hizo la primera mano. La mira cara a cara, le toca a él.
Alejandro sabe.