Erich Ulbricht era un niño de 11 años que esa mañana de domingo estaba jugando en los alrededores de la Alexanderplatz cuando su madre lo llamó imperativamente para que entrara en la casa. Su padre estaba sentado frente a la radio que emitía sonidos agudos prácticamente ininteligibles, por un momento creyó entender que había gente muy enojada concentrándose en las calles. Como una confirmación de esa noticia casi adivinada se oyó el sonido de sirenas, gritos y hasta algún disparo.
Desde el lejano 11 de julio de 1945 cuando Stalin aceptó que la destruida Alemania quedara dividida en dos sectores que además partían a la capital Berlín prácticamente por la mitad, no había habido demasiados incidentes y la gente se había acostumbrado a las restricciones y a las largas colas para para pasar de un lado a otro, hasta para hacer una visita de pocos minutos a algún familiar o amigo.
Con el correr del tiempo unas tres millones de personas abandonaron la RDA para pasarse al lado occidental y solamente en las dos primeras semanas de agosto de 1961 emigraron 47.533. No todos los migrantes eran alemanes, muchos ciudadanos de otras repúblicas satélites como Polonia y Checoslovaquia vieron que esta frontera era una forma de escapar del régimen hacia las libertades de occidente y lo utilizaban. Los soviéticos no podían permitir que siguiera el éxodo, no era bueno para la propaganda socialista.
Ese domingo 13 de agosto quedaría en la memoria, no solamente de los alemanes sino también del mundo entero. En la noche había comenzado la construcción del muro que fue llamado “de la vergüenza” por la RFA dominada por los aliados y “de protección antifascista” por la RDA dominada por la URSS. Casi tan excluyentes las palabras como los ladrillos.
El plan de la construcción del muro fue manejado por las autoridades de la RDA como un secreto de estado y en la noche entre los días 12 y 13 agosto se erigió gran parte del mismo quedando solo una fracción sin terminar pero con fuerte custodia de la policía y el ejército.
El gobierno de la RDA alegó que la construcción era en defensa de las agresiones y como consecuencia de las políticas de la Alemania Federal y sus socios en la OTAM. Por su lado las autoridades de la RFA señalaron que el muro solo se estaba destinado a evitar la huida de los habitantes de un régimen que asfixiaba.
Lo cierto es que se hizo de forma tan secreta, sorpresiva y expeditiva que muchas familias y amigos quedaron aislados y por mucho tiempo no pudieron reencontrarse. Recién en 1963 y luego de arduas negociaciones unos cien mil alemanes occidentales pudieron cruzar por un corto período en las celebraciones de fin de año para visitar a sus familiares que quedaron del lado oriental.
Durante los años que duró la división murieron un número impreciso de personas, se habla de más de 200 y la cuenta era aún mayor para los detenidos y heridos en los innumerables intentos de fuga. Una víctima de ese intento de escapar del régimen soviético fue Erich Ulbricht que pretendía reencontrarse con su hermana mayor.
El muro cayó en la noche del 9 de noviembre de 1989, 28 años después de su construcción.
Berlín que fue devastada por los bombardeos aliados, marcada como un posible blanco de la bomba atómica, saqueada sin contemplaciones, partida física y emocionalmente por el muro y moneda de cambio entre soviéticos y americanos durante la guerra fría. sobrevivió a todo hasta la caída de la URSS.
Cuando se derrumbó la URSS, también cayó el muro y Alemania por fin se reunificó.
Hoy Berlín es una de las más hermosas ciudades del mundo.
Héctor Gugliermo
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