Luego de muchos años de recorrer la Patagonia, de visitar tantos lugares hermosos y remotos, de hablar con gente de todas las edades, estratos sociales y cultura, pensaba que ya no podía aprender más. Estaba totalmente equivocado, nunca se deja de aprender y menos aún en la inmensidad, en la soledad de la estepa sureña.
Había desarrollado yo un sistema para la administración operativa de perforación y terminación de pozos petroleros, no se van a pensar que esa era mi especialidad, ni en sueños jamás había pensado en petróleo y mucho menos en cómo se hace una perforación para encontrarlo y extraerlo. Pero siendo un profesional de sistemas uno puede tropezar con grandes desafíos y siempre se encuentra la manera de entender y hasta comprender la jerga de otros mercados y actividades ya que para ellos nosotros debemos atender y tratar de resolver sus problemas con la confección de herramientas de computación.
Y ahí andaba, aprendiendo y tratando de volcar en un conjunto de programas las herramientas que colaboraran con los operarios, supervisores y gerentes en la atrapante tarea de perforar el suelo con un trepano y llegar hasta donde se encontraba el petróleo para luego extraerlo.
Los primeros meses trabajaba desde la comodidad de mi estudio instalado en mi propia casa, iba cada tanto a las oficinas centrales de la petrolera que estaban ubicadas en el centro porteño y allí me encontraba con un ingeniero en petróleo que evacuaba mis dudas y me explicaba los procedimientos, rutinas y cálculos, también sus necesidades de información y de recopilación de datos para calcular tiempos, costos y recursos. Pero luego llegó el momento de las pruebas y para ello nada mejor que hacerlo directamente en las locaciones donde estaban perforando o manteniendo pozos petroleros, para eso en algunas ocasiones me llegaba a alguno de los tres yacimientos que la compañía explotaba en el sur Argentino y en otras a lugares alejados de la vista de Dios, en el medio de la nada misma: la dura estepa patagónica, donde solo estaba el campamento que no era otra cosa que un cuadrado de una hectárea de lado conformado por los equipos rodantes que se utilizaban para transportar la maquinaria pesada, casas rodantes para dormir y para utilizar como oficinas y la “gamela” que era un tráiler especialmente adaptado como cocina y comedor para la gente que allí prestaba servicios.
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Cuando me enviaban al yacimiento todo era bastante normal, allí hay muchos pozos perforados, otros en etapa de perforación y algunos en mantenimiento. La cantidad de gente que trabaja en esos campos es tan grande que hay cabañas, gimnasio, restaurante y hasta pista de aterrizaje para llegar o retirarse cómodamente en aviones de pequeño porte, generalmente turbohélices con capacidad para 15 a 20 pasajeros. Mi viaje habitual era avión de línea hasta la capital de alguna de las provincias petroleras y luego ese pequeño avión hasta el yacimiento. Rápido y fácil.
El problema se presentaba cuando tenía que ir a algún pozo exploratorio, esos que se armaban en lugares alejados de cualquier comodidad y solo para determinar si hay petróleo por la zona y en caso afirmativo comprobar su calidad y la mejor forma de extraerlo. Para llegar hasta ellos era absolutamente necesario hacerlo en vehículos 4x4 y en compañía de algún baqueano porque en caso contrario perderse era la conclusión inevitable.
Lo primero que me enseñaron cuando visité por primera vez un pozo de petróleo fueron los asuntos de seguridad, desde los temas más obvios como la ropa de trabajo, botas de cuero con punta de acero y el casco hasta los más escondidos y urgentes procedimientos para detectar el mortal gas H2S o sulfuro de hidrógeno y actuar en consecuencia.
El peligro de una fuga de H2S en una instalación petrolera es posible y sus consecuencias pueden ser múltiples y generalmente mortales para la gente. La intoxicación por este gas actúa directamente sobre el sistema nervioso central y provoca la parálisis de los centros respiratorios y por consiguiente la muerte por falta de oxígeno. Pero no es el único peligro, puede ocurrir que la fuga se detecte rápidamente y las personas llegar a colocarse las máscaras de aire pero también el gas es altamente inflamable y el peligro de una explosión y posterior incendio es muy alta ya que tiene una temperatura de auto ignición no demasiado elevada (260°), por último el gas puede contaminar el agua u otros líquidos y entonces también es necesario contar con protección total del cuerpo. En todo pozo petrolero existen equipos de detección de este gas que pueden llegar a medir desde muy bajas concentraciones dando tiempo a los equipos de emergencia a actuar para eliminar o al menos mitigar los posibles daños colaterales.
Por supuesto que la explicación que me dieron fueron seguidas atentamente, claro que con la repetición de visitas a distintos equipos y locaciones de trabajo uno se acostumbra a que nunca pasa nada y se va olvidando del tema.
Pero ocurrió lo impensado, una noche estaba trabajando en una de las oficinas portantes, computadora, impresora, problemas de comunicaciones y toda la concentración necesaria como para no escuchar de forma rápida la sirena, cuando presté atención y abrí la puerta del tráiler las corridas y gritos dominaban toda la escena y me asusté, no sabía que pasaba y nadie me prestaba atención, todo el personal tenía una tarea que atender, todos trabajando sincronizadamente para solucionar algo que yo no entendía.
Hasta que se levantó el ingeniero que me acompañaba a todas las instalaciones, mi asesor en temas petroleros, vino corriendo, entró sin mirarme ni dirigirme la palabra, retiró dos almohadones de un sillón, levantó una tapa y sacó dos trajes con tanque de oxígeno adosado y máscara amarilla, me ayudó a ponerme el mío diciendo una sola palabra: gas! Ahí recordé todo, pero estaba paralizado, Jorge, así se llamaba el ingeniero, actuó como un valiente y no comenzó a ponerse su equipo hasta que yo estuve seguro enfundado en el mío y respirando mediante la máscara.
Pocos minutos después la alarma cesó, se había detectado una muy pequeña cantidad de H2S pero el protocolo obligaba a desarrollar todo un operativo de seguridad extrema sin considerar nada más.
Al rato todo era tranquilidad y la normalidad volvía al campamento, fui motivo de risas y cargadas por toda mi estancia en el lugar pero aprendí mucho, por ejemplo a respetar esos hombres que en determinadas circunstancias se juegan la vida y Jorge pensó en mí, un casi desconocido a quien no le debía nada y me ayudó aun a riesgo de su propia integridad.