Te invito a leer la Parte 1
Luis, con cierta emoción y expectativa, bajó por las escaleras a toda prisa. El edificio de trece pisos tenía un elevador bastante funcional, pero Luis prefería bajar y subir por si solo (al fin y al cabo vivía en la tercera planta). Al llegar a la baja y cruzar hacia la entrada, notó de inmediato a Tino esperándolo mientras se peinaba. El paliducho tenía la costumbre de peinar su cabello liso cada vez que podía. Luis sintió una ligera alergia, podía olfatear el cítrico perfume de Tino desde un piso arriba. Entonces revisó si portaba sus dos pañuelos en cada bolsillo. Por costumbre y precaución, él llevaba un pañuelo perfumado con Aqua di Gio para secar el sudor de su frente, y un pañuelo oscuro, siempre bien lavado, en caso de que su alergia descontrolara sus fosas nasales. Afortunadamente, el segundo pañuelo él no lo usaría ese día, pero iba a necesitarlo más que nunca.
Tino y Luis se saludaron con una coreografía ensayada; basada en los poderes de sus personajes favoritos de Marvel. Tino golpeaba su pecho y extendía su mano al frente, simulando tener la armadura de Iron Man, mientras Luis dibujaba un circulo en el aire antes de extender su brazo y chocar su palma con la de Tino, haciendo referencia a Dr. Strange.
—¿Quieres una menta? —preguntó Tino.
—¿Eucalipto? —respondió Luis.
—Siempre.
—Dame dos, voy a guardar una —dijo Luis extendiendo la mano.
Tino sacó un paquete de Halls del bolsillo de su camisa y le extendió dos caramelos a su amigo. Luis puso una en su boca y la otra en su pantalón. Tino arrugaba su rostro y sus ojos brillaban como los de un niño a punto de partir hasta Disneyworld.
—¡Hoy coronamos bro! —dijo Tino exaltado—, tendremos tantos culos para escoger que Hugh Heffner nos tendría envidia. Dios lo tenga en la gloria.
—¿Trajiste condones? —preguntó Luis, aun sabiendo que usarlos ese día era tan improbable como que lo contrataran en la NASA.
—Siempre —respondió Tino sacando una caja de Durex del bolsillo en su nalga derecha y agitándola frente a su cara, con los ojos tan abiertos como los de un personaje de animación Japonesa.
—Vamos de una entonces —replicó Luis.
El par de adolescentes hormonales partió rumbo a La Plaza Libertad con el ímpetu de un atleta rumbo a las olimpiadas. Aunque podían tomar el Metro hasta la plaza, preferían caminar las dos estaciones de distancia para pasar por una tienda en el camino. Al llegar a esta, compraron dos paquetes de Doritos picantes, un refresco de limón Chinotto y un paquete de maní recubierto en caramelo. Les tomó poco más de media hora llegar a su destino.
En la avenida frente a la plaza se encontraba Alejandro esperando a sus amigos. Los saludó con otro cadencioso saludo aún más llamativo que los suyos, pero este con inspiración en Capitán América: encorvaba su cuerpo e inclinaba su cabeza hacia abajo, poniendo su brazo frente a esta con el puño cerrado para golpearlo con el de sus compañeros, quienes respondían luego con sus insignias personales mientras Alejandro chocaba con ellos ambas palmas a la vez.
—¡Noche de perras! —dijo Tino con una sonrisa apretada y la voz atiplada.
—No hables así Tino —regañó Alejandro mirando hacia el cielo como si rogara a alguna deidad.
—¿Vamos a buscar chicas o no? —replicó Tino.
—Chicas; no perras... eso es zoofilia por cierto.
—Como la porno que ves en tu cuarto —respondió Tino en aire retador.
—Pana—interrumpió Luis—, estamos en el lugar, vinimos listos y todo el universo conspira a nuestro favor. No arruinen esta noche.
—Ok —dijo Alejandro.
—Sí va —replicó Tino.
—Entonces vamos —ordenó Luis iniciando el paso. Algunos metros adelante, se encontraba la primera sección de la plaza, donde se ubicaba un obelisco y muy poca gente pasaba más de dos minutos antes de ir a otro lugar. Detrás de este había un camino transversal justo antes de cruzar a una vereda llena de bancos, donde los niños corrían durante el día y la parejas se besaban durante la noche. Al terminar la sección había un espacio libre descendiendo unos quince peldaños justo antes de llegar al anfiteatro. Por causa del concierto, ese día había una barrera de seguridad cercada y vigilada, con la entrada reducida a un espacio de unos 3 metros donde esperaban dos guardias con detectores de metal, cada uno de diferente sexo. Los chicos caminaron hasta el guardia masculino para su chequeo pertinente.
—Sólo puedes pasar con un representante mayor de edad —dijo el guardia a Tino mientras revisaba los bolsillos de Alejandro.
—¿Qué eso no es para menores de catorce? —ladró Tino — Además ¿por qué a ellos no les dices nada? ¿Que edad crees que tenemos?
—Ellos, dieciseis, tú doce —respondió el guardia con mirada fría. Luis y Alejandro soltaron una risa ahogada.
—¡Todos tenemos catorce! —señaló Tino agitando su identificación frente al guardia.
—Sólo hago mi trabajo.
—Pues más vale que lo hagas bien —dijo Tino caminando hacia la Guardia del otro lado— ahora quiero que me revise ella.
La guardia cruzó una mirada de asombro y condescendencia con su compañero, mientras ella revisaba a Tino y él a Luis. Tino hizo una sonrisa burlona e infantil observando a Alejandro.
—Gracias señorita, fue un placer recibir sus servicios —dijo Tino en tono sarcástico mientras avanzaba. Sus amigos le siguieron intentando contener la risa.
El anfiteatro, como habían esperado, estaba repleto de chicas entre los 13 y los 19 años; era un paraíso para cualquier adolescente varón y heterosexual tratando de perder la virginidad. Los chicos también eran fans de Leo-Nasty, le escuchaban desde que una prima de Alejandro le mostró el tema 'Te Perdí' seguido de 'Maliciosa'. Al día siguiente acribilló los oídos de sus amigos con su discografía completa. Con Socavados tenían una relación más ambigua, les gustaba el estilo de su música pero detestaban la superficialidad de su apariencia.
A las 9:00 una voz profunda, casi tenebrosa, irrumpió en el anfiteatro preparando la presentación de Leo-Nasty antes de que la banda tocara su éxito más reciente: 'Bailemos Ska'. Desde ese momento los chicos se olvidaron un poco de su pretenciosa misión y comenzaron a bailaron deshinibidamente durante otras 2 canciones, hasta que Tino comenzó a volcarse sobre cuanta chica pudiese para intentar bailar con ella; sin éxito alguno. Luis y Alejandro eran mucho más relajados: mientras Luis sólo intentaba colgarse de la primera chica que le dirigiese la mirada mas de 2 segundos, Alejandro tardaba horas seleccionando alguna para abordar; algunas veces ninguna.
Tino, luego de cuatro intentos fallidos para ligar, volvió con sus amigos con un rostro fatigado.
—Bro, esto no está funcionando —dijo Tino jadeante y frustrado—. Necesitounacerveza.
—Deja tu alcoholismo —dijo Luis con el ceño fruncido.
—Alcohólico el padre de Alejandro —respondió Tino.
—Mejor mamamelo —agravió Alejandro—. Pero tienes razón, hace falta cerveza.
—Ok, cederé a la presión social... ¿pero donde coño conseguiremos cerveza?—preguntó Luis gruñendo.
—Mierda... bueno, el Bodegón de Tony está cerca—señaló Tino.
El bodegón de Tony era una licorería con función de bar a dos calles de la Plaza Libertad. El lugar era conocido por los jóvenes que asistían a la plaza y soñado por los adolescentes. Decían que era un lugar edénico, o eso creían los chicos, quienes claramente desconocían lo deprimentes que suelen ser esos lugares. Luis tapó su boca y miró al cielo como si literalmente fuese a aparecer una idea sobre su cabeza; casi pareció que así fue.
—Pana, mi primo debe estar por llegar allá justo ahora —aseguró Luis—; si lo llamo puede ser que me compre algo.
—¿Cual primo? —preguntó Tino incrédulo.
—Ignacio, el que tiene dos motocicletas —respondió Luis. En efecto, el primo Ignacio, de 21 años, era un visitante casi ineludible del bodegón de Tony. Cada viernes pasaba cerca de las 10:20 por una botella de Buchanna's y una charla con su amigo Simón, el bartender de ese turno, y luego partía hacia algún club nocturno. Luis sabía ese detalle porque fue acompañando a su primo en esta rutina que él probó por primera vez alcohol, y unas seis veces más.
—Entonces llámalo —ordenó Tino.
Luis marcó el número de Ignacio dos veces, la primera vez no recibió más que el repetido tono de marcaje seguido de un mensaje pregrabado. La segunda vez, su primo contestó sin dejar que el tono llegase a repetirse.
—Flaco, ¿encontraste el anillo? —dijo Ignacio, comparando la apariencia de Luis con la de Smiggle del Señor De Los Anillos.
—Vete a joder al coño —respondió Luis, como solía hacerlo siempre. Ignacio soltó una carcajada y Luis prosiguió—,. Necesito un favor urgente.
—Ya te dije que las prostitutas no trabajan con menores —dijo Ignacio con gran sarcasmo.
—Pero que hijo de mi tía —dijo Luis con expresión de estrés, poniendo su palma sobre su frente—... Lo que necesito es unas cervezas.
—¡Ajá! ¿tienes un despecho? Porque el ron es mejor para eso.
—No tengo ni por quien despecharme —dijo Luis simulando que no le molestaba eso—. ¿Vas a donde Tony o no?
—Debería ir, pero hoy tomaré por cuenta de otro —dijo Ignacio con algo de vacilón.
—Necesito que vengas y las compres por mi; estoy en la plaza.
—Está bien, iré a el bodegón y te espero en la entrada, pero llego en 15 minutos —dijo Ignacio, sabiendo que serían 30.
—Allí estaré —dijo Luis, imaginado que serían 20. Acto seguido, colgó. 'Te perdi' sonaba de fondo mientras Tino y Alejandro observaban a Luis con expectativa.
—¿Qué te dijo? —preguntó Tino.
—Estará aquí en un rato, debo verlo en la entrada del bodegón.
—Si fuese gay, te besaría ahorita mismo —expresó Tino con sarcasmo.
—Eres gay, pero no lo aceptas aun —replicó Alejandro.
—Bésame las pelotas Alejandro.
—¿Ves? eso es muy gay —dijo Alejandro en tono burlón.
—Cállate —replicó Tino desmotivado mientras Luis y Alejandro se mofaban.
—¿No deberías salir ya? —le preguntó Alejandro a Luis— Hay un largo camino hasta allá.
—Tienes razón —dijo Luis asintiendo—; me tocará rodear hacia la fuente.
La ultima sección de la plaza, la fuente, era una estructura de granito y hormigón con piezas de mármol. La Plaza Libertad había sido hecha en honor a los exponentes de la guerra de independencia de Venezuela. En el obelisco de la primera sección, se veían escritos los nombres de los firmantes del acta de independencia de país. El anfiteatro tenia por nombre 'Francisco de MIranda' y la fuente detrás de este tenia la estatua un caballo girando hacia atrás sobre una plataforma con la leyenda 'Vuelvan Caras'. Debajo de esta figura el agua fluía por caños hacia un cuenco que dejaba caer el agua sobre una pileta circular. Todo eso acompañado de un despliegue de luces intermitentes en colores diversos.
Luis se despidió de sus amigos con un choque de puños, mientras empezaba a sospechar que su primo tardaría mucho más de lo prometido. Se dirigió a la salida hacia un costado del anfiteatro con paso relajado, sorteando con algo de dificultad ala multitud que disfrutaba del evento. Cuando finalmente llegó a la salida, custodiada por un hombre tan alto que incluso David hubiese vacilado en enfrentar, sacudió su cabello y secó el sudor en su frente, para luego salir del recinto mordisqueando su labio con la boca torcida como solía hacerlo.
Mientras cruzaba la avenida, Luis notó un cielo nuboso mientras una brisa fría lo acariciaba. Él guardó sus manos en los bolsillos de su sudadera y caminó hasta el Bodegón de Tony. Al llegar allí, como había sospechado, le tocó esperar un buen rato antes de ver a su primo llegar en su motocicleta. Ignacio se bajó de esta y retiró su casco dejando ver su cabeza con un corte de cabello militar y sus ojos color canela. Dejó el casco sobre su moto y caminó hacia Luis con una mirada burlona.
—Cómo estás perrita? —saludó Ignacio.
—Mejor que tu pene —respondió Luis.
—Es que le estoy dando mucho trabajo —dijo Ignacio mofando.
—Si sigues así tal vez lo pierdas—replicó Luis— Tráeme las cervezas y vete.
—Que niña tan sensible... ya vengo.
Ignacio entró y salió tan rápido del Bodegón que Luis sospechó que las había comprado antes de siquiera llegar. Él tomó el paquete de 6 latas y miró a su primo con un gesto de respeto.
—Disfrútalas —dijo Ignacio—. No te vuelvas loquita.
—Cuídate ese dulce —respondió Luis. Tomó entonces rumbo de regreso a la plaza, La Plaza, el lugar sagrado que marcaría su adolescencia y su mente inmadura, sin tener que lo que estaba a punto de ocurrir, haría de esa pequeña encomienda la mejor decisión que jamás había tomado.
Si disfrutas de esta historia, lo mejor que puedes hacer es dejar tu comentario (y votar, pero prefiero que comentes) con cualquier consejo sugerencia. Lo que aquí escribo busca prepararme para hacer historias aun más complejas. Lee la siguiente parte: