Jaime Sabines, uno de los más importantes poetas mexicanos del siglo XX, nació el 25 de marzo de 1926 en Chiapas. En la consideración de su coterráneo, el escritor —Premio Nobel— Octavio Paz, Sabines es “uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua”.
Tuvo una vida humilde y sencilla, como su poesía, aunque ejerciera como diputado algunos años. Fue autor de una veintena de libros, de poesía en verso y en prosa, donde destacan títulos como Horal (1950), Tarumba (1956), Diario semanario y poemas en prosa (1961), Maltiempo (1972) y Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973). Se le reconoce como uno de los impulsores y cultivadores de esa tendencia que renovó la poesía conocida como “coloquial” o “conversacional”, lo que le dio a su poesía un carácter, en alguna medida, popular. Se dice que sus recitales contaban con una masiva asistencia, y su obra ha contado con varias reediciones y traducciones.
Entre sus temas fundamentales están, en primer lugar, el amor y la muerte, pero también el tiempo, la angustia del vivir, Dios —es emblemático su poema “Me encanta Dios”, de uno de sus últimos libros (Poemas sueltos, 1973-1993).
Mi primer encuentro con la poesía de Jaime Sabines, allá por la década del 90, fue a través de su más famoso poema “Los amorosos”, que pueden leer completo aquí, de su primer poemario: Horal. Es uno de mis poemas más queridos; de él su última estrofa:
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
Les dejo la lectura hecha por el propio poeta en un homenaje nacional realizado en 1996.
Reproduzco a continuación –y comento brevemente– tres poemas de mi afecto.
Los he visto en el cine
Los he visto en el cine,
frente a los teatros,
en los tranvías y en los parques,
los dedos y los ojos apretados.
Las muchachas ofrecen en las salas oscuras
sus senos a las manos
y abren la boca a la caricia húmeda
y separan los muslos para invisibles sátiros.
Los he visto quererse anticipadamente, adivinando
el goce que los vestidos cubren, el engaño
de la palabra tierna que desea,
el uno al otro extraño.
Es la flor que florece
en el día más largo,
el corazón que espera,
el que tiembla lo mismo que un ciego en un presagio.Esa niña que hoy vi tenía catorce años,
a su lado sus padres le miraban la risa
igual que si ella se la hubiera robado.Los he visto a menudo
—a ellos, a los enamorados—
en las aceras, sobre la yerba, bajo un árbol,
encontrarse en la carne,
sellarse con los labios.
Y he visto el cielo negro
en el que no hay ni pájaros,
y estructuras de acero
y casa pobres, patios,
lugares olvidados.
Y ellos, constantes, tiemblan
se ponen en sus manos,
y el amor se sonríe, los mueve, les enseña,
igual que un viejo abuelo desengañado.
(de La señal, 1951)
Poema –en el estilo prosaico que cultivará desde sus comienzos Sabines– donde el hablante nos presenta, desde una mirada nostálgica y gozosa, esa sorprendente gracia que tiene el encuentro de los jóvenes enamorados, deseosos y sensuales, abiertos y libres.
Soy mi cuerpo
Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste, está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las cosas sonrían.
Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi soledad.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección.
Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
(De Diario semanario y poemas en prosa, 1961)
Sabines conjugó su humor y frescura con la melancolía y la duda del vivir, como puede observarse en este conmovedor poema, no exento de su ironía característica. En él recoge ese estado que muchos hemos experimentado (o experimentamos) ante el sentido de la existencia, el cansancio existencial, donde el “dormir” es requerido como opción.
Doña Luz (XXI)
La casa me protege del frío nocturno, del sol del mediodía, de los árboles derribados, del viento de los huracanes, de las asechanzas del rayo, de los ríos desbordados, de los hombres y de las fieras.
Pero la casa no me protege de la muerte. ¿Por qué rendija se cuela el aire de la muerte? ¿Qué hongo de las paredes, qué sustancia ascendente del corazón de la tierra es la muerte?
¿Quién me untó la muerte en la planta de los pies el día de mi nacimiento?
(De Maltiempo, 1972)
En 1966 falleció la madre de Sabines, hecho que lo afectó profundamente. Unos años más tarde publicó Maltiempo, libro en el que realiza un sentido homenaje a ella, Luz Gutiérrez. Conmueve la visión de la casa como refugio, que seguramente todos hemos sentido, pero frente a ella el desabrigo de la muerte, de su incertidumbre que va signando nuestra vida, como destino inscrito en nuestro ser.
Referencias:
Sabines, Jaime (1999). Poesía amorosa. Colombia: Seix Barral.
https://es.wikipedia.org/wiki/Jaime_Sabines
En este enlace tendrá acceso a una selección de poemas de Jaime Sabines: https://www.poeticous.com/jaime-sabines/
Una amplia reseña de la vida y obra de Jaime Sabines: http://www.elem.mx/autor/datos/1185
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Gracias por su lectura.
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