El 29 de noviembre fue escogido en Venezuela para celebrar el Día del Escritor. En esa fecha en 1781 nació el ilustre intelectual –poeta, filólogo, académico, traductor, diplomático, jurista– Andrés Bello, conocido, entre otros poemas, por su famosa ”Alocución a la Poesía”. Se instituyó esa efeméride en el segundo gobierno de Rómulo Betancourt (1959-1964), en merecido homenaje a tan destacado escritor venezolano, en gran medida, fundacional de nuestra literatura y de la valoración de la lengua española en estas tierras.
No es mi intención con este post hacer un texto sobre Andrés Bello, sobre quien se han escrito numerosos y enjundiosos trabajos, sino aprovechar la fecha dedicada al escritor para destacar algunas puntuales reflexiones sobre el escritor y la palabra, de tres fundamentales escritores venezolanos del siglo XX: Guillermo Sucre, Eugenio Montejo y Rafael Cadenas.
De Guillermo Sucre, esta frase categórica con la que comienza su ensayo “Las palabras (y la palabra)”:
Lo indudable para el escritor es que la verdadera realidad con que se enfrenta es la realidad del lenguaje.
Reitera y resalta Sucre una reflexión que había estado, sobre todo, en filósofos del lenguaje (v.g. Wittgenstein) o poetas (J. A. Ramos Sucre): la literatura está hecha de palabra, es ella su materia y forma esenciales. Nunca podría lograrse una escritura de calidad si no se atiende al lenguaje.
Nuestro poeta y ensayista Eugenio Montejo, en uno de sus textos ensayísticos, “Fragmentario”, nos dice:
En todas las palabras de un poema ha de leerse siempre su necesidad, vale decir, que una por una deben convencernos de que están allí porque son más necesarias que otras no empleadas (…) La necesidad constituye, pues, la principal brújula del poeta; ahora bien, nada ayuda tanto como la emoción para esclarecer lo que de verdad es necesario.
Frente al acto de la escritura, particularmente la creativa, debemos dejar a un lado, en una interpretación mía de la reflexión de Montejo, la facilidad y comodidad, la palabrería, y ajustar la escritura a una dinámica donde la expresión verbal sea manifestación de la “verdad” propia, sin artilugios.
Y finalmente, nuestro poeta y ensayista, galardonado con el Premio Cervantes 2022, Rafael Cadenas, quien, en su amado poemario Memorial, nos espeta:
La palabra no es el sitio del resplandor, pero insistimos, insistimos, nadie sabe por qué.
¿Cómo y por qué volvemos a la palabra, aun en medio de tanto horror (el filósofo alemán Theodor Adorno había dicho que después de Auschwitz, la poesía ya no era posible)? Sabemos de sus limitaciones, pero nuestro ser está constituido por ella, y a ella no podemos renunciar. Prueba de esto es la poesía que, pese al Holocausto, a Hiroshima y Nagasaki, al Gulag y otros campos de concentración comunistas, a Ruanda -añadiríamos, a Ucrania-, sigue escribiéndose desde la dignidad ética, lejos de la simple palabrería.
Referencias:
Cadenas, Rafael (1986). Memorial (2ª ed.). Caracas: Monte Ávila Editores.
Montejo, Eugenio (1996). El taller blanco. México: Universidad Autónoma Metropolitana.
Sucre, Guillermo (1985). La máscara, la transparencia (2ª ed.). México: Fondo de Cultura Económica.
Gracias por su lectura.
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