Se trata tan sólo de una suposición subjetiva, que en realidad no prueba nada y tan sólo facilita unos agradables momentos de navegación, por las aguas no siempre tranquilas de ese basto y complejo mar, que en mi opinión, es la especulación. Pero me llama mucho la atención cierta frase que Vincent van Gogh le dedicó a su hermano Theo, en una de esas fascinantes cartas, que algún editor avispado y no carente, en absoluto, de visión empresarial decidió transformar en un hermoso libro, pensando que resultaría una obra cuando menos meritoria, en base a su singularidad, expresividad, pasión y riqueza de contenido.
Comentaba Vincent, en el periodo comprendido entre septiembre y noviembre de 1883, cuando residía provisionalmente en Drenthe, que ‘si se quiere crecer, es preciso hundirse en la tierra’. Y esta frase, que seguramente a mucha gente le parecerá curiosa pero intrascendente, a un tarotista o simplemente a un aficionado a la riqueza simbólica oculta tras los misteriosos naipes de la baraja del Tarot, le traerá inmediatamente a la mente, parte de los contenidos inherentes a uno de los Arcanos Mayores más curiosos y fascinantes de la baraja: el Ahorcado.
El Ahorcado, carta a la que numerológicamente le corresponde el guarismo XII, representa a un curioso personaje, colgado boca abajo de un árbol, tipo de suplicio, por decirlo de alguna manera, que antiguamente se aplicaba a los traidores. Este suplicio, llevado a términos más crueles y dolorosos, como la crucifixión al revés, refiere la tradición que le fue aplicado a San Pedro, que proclamaba la existencia de un Dios único y verdadero, haciendo, por lo tanto, ‘traición’ al soberbio Panteón romano.
Pero la traición a la que hace referencia este Arcano Mayor –esté o no, basado en los Triunfos y los Fracasos, de Petrarca, como aseveran con cierto sentido algunas fuentes- no hace referencia a la traición mundana que podamos cometer contra los demás o contra las directrices de los poderes fácticos establecidos, sino que, por el contrario, y de una manera más íntima y personal, se dirige a la traición que podemos cometer con nosotros mismos, independientemente de que ésta, de manera colateral, afecte a nuestro entorno y por defecto, a nuestras relaciones.
Se trata, en realidad, de perseguir y conseguir aquél viejo axioma –utilizado, incluso, por Jesucristo- basado en una frase sencilla, a priori, pero de connotaciones superlativas y sabias: conócete a ti mismo. De una manera psicológica, lo que este Arcano sugiere, es que para crecer, hay que dominar una cualidad esencial: la humildad. De manera que el personaje aquí representado, colgado boca abajo y con la cabeza prácticamente a ras del suelo, se pone, metafóricamente hablando, a la altura del gusano, liberándose de esa carga negativa –orgullo, soberbia, prepotencia, etc- que le han llevado a esa situación.
La carta, en sí, como Jano, el dios romano de las dos caras, contiene otra curiosa acepción: dándole la vuelta, la situación del personaje es completamente diferente –lo cual viene a confirmar, que siempre hay solución, o cuando menos, un resquicio para la esperanza- pues si antes los excesos de su personalidad le habían llevado a una situación evidentemente angustiosa, ahora, sin embargo, liberado de su carga negativa, se le ‘premia’, representándosele alegre y bailando una giga irlandesa.
En una palabra: transformado. Imagino que Van Gogh, cuando le escribió esa frase a su hermano Theo, debía de tener un pensamiento similar: algo así, como que para alcanzar el genio, o cuando menos la maestría o la aceptación, hay que trabajar desde el silencio, el esfuerzo y la humildad.