La mujer que a mí me aturde.
A lo largo de los años
he descubierto en la vida
que la mujer que me aturde
no tiene que ser bonita,
sino alegre, complaciente,
popular y entretenida.
Tampoco tiene que andar
peleando el diente en la esquina,
sino que se dé su puesto
y que cuando ella se vista
luzca ropa que delate
que es mujer decente y fina,
y que le agrade la música
que a mí también me fascina,
como la de Reynaldo Armas,
Reyna Lucero y Luis Silva.
Quiero que le guste el llano,
y que al café se remita
cuando en la misma mañana
en un pocillo lo sirva,
que sea amante de las flores
y trabaje con gallinas...
me llamarán ordinario,
pero es lo que me cautiva.
La mujer que a mí me aturde
debe hacer buena parrilla
con chinchurria, con chorizo
y sabrosas hallaquitas,
además de guasacaca
y yuca bien picadita,
igual cachapa con queso
con la frescolita fría.
No importa de donde sea
ni de tal o cual familia
porque la quiero graciosa
y atenta en franqueza viva.
Si no posee dinero
no es eso lo que la priva
de que aspire al corazón
porque pienso que la dicha
no es de bienes materiales
y, dígalo quien lo diga,
se es feliz con quien se quiere
y el alma esté complacida.
Tampoco la he de buscar
pues según Luisa mi prima
ella tiene que llegar
es en donde la consiga,
y tampoco tengo apuro
en la espera pretendida.
Dios me la va a dar así:
serena, dulce y tranquila,
y bravo no he de ponerme
si la hallo en una avenida
de mi San Juan de los Morros,
y de esta ciudad nativa.
Esa mujer la tendré
aunque se me ponga esquiva,
y llevará mi apellido
en cédula día a día
y ella se hallará orgullosa
de andar de la mano mía.
Aquí la voy a esperar
porque llegará algún día,
pero sé que esa mujer
va a animar mucho mi vida
y la tendré hasta mi muerte
o del mundo se despida.