Saludos!!!
Con satisfacción he escrito un relato breve para compartir con ustedes en a través de su convocatoria al Concurso de minicuentos en honor al maestro Juan Rulfo
El cielo se desfondó sin aviso. No hubo viento ni tregua. La costra de las nubes se rompió y soltó su peso sobre el llano. No era agua para la siembra; era un muro de lodo que borraba los senderos y convertía el mundo en una papilla. La tierra, harta de beber, primero rechazó el agua pero después terminó por tragársela en un forcejeo.
Don Justino caminaba junto a los bueyes. Llevaba los pies hundidos en el fango. Cada paso de los animales arrancaba un chasquido que parecía el de la tierra masticando. Los bueyes avanzaban con la cabeza baja y el lomo brillante. Sus ojos mostraban una resignación vieja.
Justino no usaba el látigo. Les hablaba en voz baja, palabras que la lluvia borraba al salir de su boca.
—Ya casi llegamos —decía—. Tras la vuelta del monte está el marabuzal.
Era mentira. El monte no se veía por la bruma. Sabía que tras el marabú solo encontraría más lodo y más cielo caído. Pero la mentira era lo único que le quedaba para mover las piernas.
El jacal apareció como una sombra entre las cortinas de agua. No es que fuera un refugio, solo era un sitio donde la lluvia golpeaba con menos fuerza.
Adentro, el aire estaba estancado. Olía a café tostado, un aroma pegado a la paja del techo y a los trapos viejos. Era un olor espeso que engañaba al olfato. Justino entró y dejó un charco a sus pies. Respiró hondo. Su estómago, un nudo seco, se calmó un instante por el recuerdo del grano. Pero la olla de barro estaba vacía. En el fondo solo quedaban motas negras, el polvo de un café hervido tantas veces que ya no tenía alma.
Afuera, el agua arreciaba. Los bueyes no buscaron el cobertizo. Se detuvieron a pocos metros, en medio del claro que ya era un lago. Justino los miró desde la puerta. Parecían estatuas de barro. Vio al buey más viejo temblar. Fue el anuncio del fin. El animal dobló las rodillas con lentitud, como si no quisiera molestar al suelo que lo llamaba. Se hundió en el fango sin ruido, soltando un suspiro largo que se perdió en el aguacero. El otro buey bajó la cabeza, olió a su compañero y se quedó allí, quieto, esperando su turno.
Justino no salió a golpearlo. No hubo furia, no hubo gritos. Esta vez fue distinta a otra veces. El hambre también era distinta. No era como el café, que dejaba un rastro. El hambre era el cimiento de la casa, el aire que llenaba los pulmones. El café se molió y se consumió, dejando solo un aroma burlón. El hambre no terminaba de molerse nunca. Era cada vez más fina, más presente. Vivía en el vacío de la olla, en la debilidad de las bestias y en el sabor a metal de su propia boca.
Justino salió del jacal y caminó hasta el buey caído. Se sentó en un tronco, a su lado. Tenía la ropa pegada a la piel, pero ya no sentía el frío. Miró hacia donde debía estar el horizonte. Entendió entonces la naturaleza del llano: el agua no traía vida, nada más que el lodo que usaba la tierra para tragarse los huesos y las promesas.
Bajo el diluvio, el hombre y los animales formaban una sola figura de barro. El pantano los reclamaba, deshaciendo sus cuerpos en la humedad. Y el cielo seguía volcando su carga, indiferente, borrándolos para siempre.
Gracias por la Lectura