Amigos lectores de Hive, en esta oportunidad les dejo este relato. Espero que lo disfruten.
Saludos.
Las tetas divinas de María
Chupar las tetas de María es lo más sabroso de este mundo, yo que se los digo.
Cuando yo regreso de la escuela me olvido de todo, hasta de mi maestra y de todo y solo pienso en las tetas de María porque tienen un sabor que para que les cuento, ni nada.
Al llegar a casa al mediodía pido rápido la bendición papá, la bendición mamá y me voy a la esquina de mi calle donde María está con sus tetas recién hechas de durazno, con su aroma a parchita, con sus lactas de melón, con sus exquisitos manjares que me producen un no sé qué, un sí sé cómo, con sus tetas divinas, con la pura crema de la felicidad.
Las tetas de María son de coco, coco tierno, blanco, purísimo, que quita el calor de inmediato, vuelve loco al paladar y alborota el cerebro.
Pero también sus tetas pueden ser de mango en sus distintos tipos, de mango manzano, por ejemplo, de mango tino, de mango dudú. Cada vez que yo me emboco sus tetas de mango bocao lo que me provoca, se los juro por mis doce años, es caer rendido de una vez y para siempre a sus pies, si se los digo yo que todavía no tengo pelos en la lengua, ni en la barba.
Todos los días María sale muy temprano al mercado, compra las frutas más frescas y sanas que se puedan comprar y regresa a mi calle con su cesta llena de guanábanas, piñas, chirimoyas, uvas, la mandarina, la patilla, tamarindo, limón... Yo la he visto pelar el cambur con sus manitas pequeñas, yo sé de cuál manera ella parte la galleta, abre la parchita, bate la fresa. Ayayayay yo la he visto cómo menea en su licuadora la colita con leche.
─Quiero una teta, María, dame una teta, una no, dame dos, por favor, quiero dos tetas.
─De qué sabor las quieres, chamito.
─¿De qué sabor las tienes, María?
─Hoy te las tengo de coco y de chocolate.
─Dame una de cada, María, y que después sea lo que Dios quiera.
María va y regresa desde el fondo del pasillo de su casa. Camina firme, garbosa. Viene bamboleándose con sus divinas tetas. Llega, sonríe con una sonrisa que derrite soles y me las pone ante mis ojos exorbitados. Yo las aprieto dulcemente entre mis manos que tiemblan de emoceón y desespero.
Allí mismo le doy un primer mordisquito y empiezo a chupar como un desaforado, como un endemoniado, apasionadamente.
Chupo de la de coco, la purísima, la blanca. Pero no me puedo resistir y al instante me voy para la otra, la morena, la de choco, que ya late apretada entre mis labios.
Alternadamente a una y a otra les doy nuevos mordisquitos, solo a veces porque lo que me gusta es darles chupos, chupines y chupinazos para que salga mmm el juguito divino.
─¡Ahhhh, hoy están especialmente ricas tus tetas, María! ¿Me vas a decir de una vez cuál es tu secreto? ─Le pregunto, más que mirándoles, chupándoles también sus ojitos.
─Te voy a decir lo que a nadie le he dicho, mi niño. El ingrediente secreto que yo le pongo a mis tetas es el amor, chamito, es que las hago con mucho amor.