El partido que enfrentó ayer al Hapoel Tel-Aviv y al Real Madrid en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid no fue un simple encuentro deportivo dentro del calendario de la Euroliga, además que se convirtió en un símbolo de las profundas contradicciones que atraviesa el deporte de élite europeo cuando se enfrenta a conflictos geopolíticos. En un contexto donde el baloncesto europeo se ha erigido en los últimos años como un supuesto refugio de civilidad y respeto, un espacio donde se llevan exigiendo valores de paz desde hace al menos cinco años, lo ocurrido con el equipo israelí evidencia una preocupante doble vara de medir que merece un análisis detallado y riguroso.
The match that took place yesterday between Hapoel Tel-Aviv and Real Madrid at the Palacio de Deportes in Madrid was not merely a sporting fixture within the EuroLeague calendar; it became a symbol of the deep contradictions facing European elite sports when confronted with geopolitical conflicts. In a context where European basketball has positioned itself in recent years as a supposed refuge of civility and respect—a space where values of peace have been demanded for at least five years—what transpired with the Israeli team reveals a troubling double standard that demands detailed and rigorous analysis.
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Resulta inevitable establecer una comparación con la postura que la propia Euroliga, junto con otras instituciones deportivas internacionales como la FIFA, la UEFA o el Comité Olímpico Internacional, adoptó tras la invasión rusa de Ucrania. En aquel momento, la respuesta fue ejemplar en su contundencia: se vetó la participación de equipos rusos en todas las competiciones internacionales de baloncesto, fútbol y los Juegos Olímpicos. La justificación fue clara, compartida mayoritariamente y difícilmente rebatible: el deporte no puede ser un escenario de normalización para quienes utilizan la violencia como instrumento para resolver disputas territoriales. Se trataba de una señal inequívoca de repulsa, una declaración de principios que situaba a las instituciones deportivas del lado de la paz, la integridad territorial y el derecho internacional. Sin embargo, cuando se trata de Israel, el mismo criterio parece diluirse. La Euroliga ha demostrado tener "la manga ancha", aplicando un rasero radicalmente distinto que levanta serias dudas sobre la coherencia ética de sus decisiones.
It is impossible to avoid drawing a comparison with the stance that the EuroLeague itself, along with other international sports institutions such as FIFA, UEFA, and the International Olympic Committee, adopted following the Russian invasion of Ukraine. At that time, the response was exemplary in its firmness: Russian teams were banned from participating in all international basketball, football, and Olympic competitions. The justification was clear, widely shared, and difficult to refute: sport cannot serve as a platform for normalizing those who use violence as a means to resolve territorial disputes. It was an unequivocal signal of rejection, a declaration of principles that placed sports institutions on the side of peace, territorial integrity, and international law. However, when it comes to Israel, the same standard seems to evaporate. The EuroLeague has shown itself to be remarkably lenient, applying a radically different yardstick that raises serious questions about the ethical consistency of its decisions.
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El caso del Hapoel Tel-Aviv es particularmente revelador. Se le ha permitido competir con total normalidad en la máxima competición continental, además, se le han concedido condiciones excepcionales que alteran la equidad deportiva. El partido contra el Real Madrid se disputó a puerta cerrada, una medida que, bajo la aparente neutralidad de la seguridad, otorga una ventaja competitiva innegable al conjunto visitante. Jugar sin la presión de una afición local en contra, en un ambiente que simula una burbuja aséptica, supone un desequilibrio sustancial para todos los equipos que deben recibir al Hapoel en sus respectivas sedes. Mientras que el resto de los contendientes juegan sus partidos como locales con el apoyo incondicional de sus aficionados, aquellos que se enfrentan al equipo israelí se ven privados de uno de los factores más determinantes en el deporte de alta competición: el empuje de su propia grada. Este trato de favor, lejos de garantizar la neutralidad, introduce un elemento de distorsión competitiva que pone en tela de juicio la integridad de la propia competición.
The case of Hapoel Tel-Aviv is particularly revealing. Not only has the team been allowed to compete with complete normality in the top continental competition, but it has also been granted exceptional conditions that undermine sporting fairness. The match against Real Madrid was played behind closed doors—a measure that, under the guise of security neutrality, grants an undeniable competitive advantage to the visiting side. Playing without the pressure of a hostile local crowd, in an environment resembling a sterile bubble, creates a substantial imbalance for every team that has to host Hapoel in their own arenas. While the rest of the competitors play their home games with the unconditional support of their fans, those facing the Israeli team are deprived of one of the most decisive factors in high-level sports: the energy of their own supporters. This preferential treatment, far from guaranteeing neutrality, introduces a distortion that calls into question the integrity of the competition itself.
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Más allá de lo deportivo, la decisión de celebrar el encuentro a puerta cerrada plantea interrogantes aún más profundos sobre la naturaleza del conflicto y la percepción que de él tienen sus protagonistas. Si, como sostienen las autoridades israelíes y los propios clubes del país, la causa que defienden es justa, legítima y universalmente comprendida, ¿qué razón puede existir para temer la presencia del público? ¿De qué se tiene miedo realmente? La experiencia demuestra que los aficionados al deporte, en su inmensa mayoría, acuden a los recintos con el deseo de disfrutar de un espectáculo, de apoyar a su equipo y de convivir pacíficamente en torno a una pasión común. Lo que la ciudadanía expresa, una y otra vez en encuestas y manifestaciones sociales, es una demanda mayoritaria de paz, de cese de la violencia y de respeto a los derechos humanos. Abrir las puertas del pabellón y permitir que la afición se exprese no sería un acto de hostilidad, sino todo lo contrario: sería la oportunidad para que el mensaje de paz, el deseo de convivencia y el rechazo a cualquier forma de beligerancia pudieran manifestarse libremente, en un entorno de respeto mutuo. La sociedad no busca la confrontación, sino la posibilidad de vivir en paz, de disfrutar del deporte como un derecho y de expresar sus convicciones sin temor.
Beyond the sporting realm, the decision to hold the match behind closed doors raises even deeper questions about the nature of the conflict and how its protagonists perceive it. If, as Israeli authorities and the country's own clubs maintain, the cause they defend is just, legitimate, and universally understood, what reason could there be to fear the presence of the public? What are they truly afraid of? Experience shows that sports fans, in their overwhelming majority, attend venues with the desire to enjoy a spectacle, to support their team, and to peacefully coexist around a shared passion. What citizens repeatedly express—in polls and social demonstrations—is a widespread demand for peace, an end to violence, and respect for human rights. Opening the doors of the arena and allowing fans to express themselves would not be an act of hostility; quite the opposite: it would be an opportunity for the message of peace, the desire for coexistence, and the rejection of any form of belligerence to be freely expressed in an environment of mutual respect. Society does not seek confrontation, but rather the possibility of living in peace, of enjoying sport as a right, and of expressing convictions without fear.
Lo ocurrido con el Hapoel Tel-Aviv en la Euroliga no es un caso aislado, sino un síntoma de una deriva preocupante. La aplicación de criterios desiguales según el actor geopolítico de turno, la priorización de intereses políticos y económicos por encima de los principios éticos, y la imposición de medidas que distorsionan la competición y limitan la libertad de expresión de las aficiones, configuran un panorama preocupante. Si el deporte quiere mantener su credibilidad como un espacio de encuentro, respeto y valores universales, debe aplicar con coherencia las mismas reglas para todos. De lo contrario, el riesgo es que la Euroliga y otras instituciones deportivas dejen de ser un refugio de paz para convertirse en un escenario más donde se perpetúan las contradicciones y las injusticias que dicen combatir.
What has happened with Hapoel Tel-Aviv in the EuroLeague is not an isolated incident, but rather a symptom of a troubling drift. The application of unequal criteria depending on the geopolitical actor in question, the prioritization of political and economic interests over ethical principles, and the imposition of measures that distort competition and limit fans' freedom of expression all paint a worrying picture. If sport wishes to maintain its credibility as a space for encounter, respect, and universal values, it must consistently apply the same rules for everyone. Otherwise, the risk is that the EuroLeague and other sports institutions will cease to be a refuge for peace and become yet another arena where the very contradictions and injustices they claim to fight are perpetuated.
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Traducción del Texto Cortesía Deepl
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