El viaje a San Juan no era nada especial, pero aquella tarde se convirtió en un regreso a mi propia historia. Desde la guagua, al pasar por la avenida Ponce de León, vi las ruinas de la Escuela de Estudios Técnicos de la Universidad Metropolitana en Cupey. El huracán María había arrancado ventanas, desplomado techos, dejado cicatrices en cada pared. El edificio parecía un cuerpo herido, incapaz de pronunciar las palabras que alguna vez se dijeron allí. Y sin embargo, al mirarlo, escuché la voz del profesor, como si todavía caminara entre los pupitres.
Trabajo ahora en la farmacia Génesis de Patillas. Allí, cada día, pasan frente a mí las historias de un país: la anciana que pide su medicamento para la presión, el joven que necesita antibióticos, la madre que busca jarabe para la tos de su hijo. No es sólo un mostrador de fármacos, es la imagen de nuestra fragilidad. Y cada vez que entrego un estuche de medicamentos, recuerdo aquella clase inolvidable.
—Hoy no vamos a hablar de fórmulas —dijo el profesor aquella tarde, mientras se apoyaba en el escritorio—. Hoy quiero hablarles de virtud.
—¿Virtud? —preguntó Mariela, con gesto escéptico—. ¿Eso todavía existe en Puerto Rico?
El profesor sonrió con calma.
—Existe cada vez que alguien decide caminar bajo el sol por otro. ¿Han visto a Raymond Arrieta en sus caminatas? Kilómetros y kilómetros para recaudar fondos contra el cáncer. Eso es virtud. No porque cure la enfermedad, sino porque nos recuerda que la solidaridad es posible.
Luis levantó la mano.
—Pero profesor, ¿de qué sirve si el país sigue igual? Corrupción, promesas vacías, políticos que se llenan la boca de discursos en el Capitolio y nada cambia.
—Sirve porque nos da un ejemplo —respondió él—. Porque nos dice que no todo está perdido. Terry Fox en Canadá, Raymond aquí… son faros. Y los faros no cambian el mar, pero ayudan a que los barcos no se pierdan.
El aula se llenó de murmullos. Algunos compañeros eran nacionalistas convencidos, otros defendían con orgullo la estadidad, otros se aferraban al Partido Popular como quien se aferra a una tradición familiar. Había quienes ya no creían en nada, cansados de promesas rotas. Y el profesor, con paciencia, nos escuchaba a todos.
—El status político es una herida abierta —dijo—. Pero la virtud es la manera de que esa herida no se pudra. Si dejamos que el cinismo nos consuma, entonces sí estaremos perdidos. La virtud no es ingenuidad, es resistencia. Cada acto honesto es una barricada contra la indiferencia.
Ese diálogo me acompaña desde entonces. Y ahora, mirando las ruinas de la escuela desde la guagua que avanzaba por la avenida Roosevelt, comprendí que el verdadero edificio no era el de concreto, sino el que habíamos levantado entre nosotros: un edificio de palabras, de valores, de preguntas que todavía nos rondan.
La guagua se detuvo cerca de la Placita de Santurce. En la esquina, un muchacho joven ofrecía bolsas de dulces baratos. Su mirada perdida, sus gestos nerviosos, hablaban de una vida marcada por la pobreza y quizás por la adicción. Nadie le compraba. Yo lo observé y pensé en lo que nos había dicho el profesor: “La falta de empatía se cultiva en pequeñas decisiones”. ¿Qué decisiones habían llevado a ese muchacho a esa esquina? ¿Qué decisiones nos habían llevado a todos a este país fracturado?
Compré una bolsa de dulces, no por hambre, sino por memoria. Fue mi manera de responderle al profesor, de decirle que su clase seguía viva. El joven me miró con sorpresa, casi con incredulidad, y en ese gesto vi reflejada la pregunta que nos había acompañado desde aquel aula: ¿cómo resistir a la indiferencia?
El viaje continuó, pero yo ya no estaba en la guagua. Estaba en el salón, escuchando la voz del profesor, viendo a mis compañeros debatir, sintiendo la luz de la tarde filtrarse por las ventanas. Y comprendí que el huracán había destruido paredes, pero no podía borrar esa semilla. Mientras alguien en Puerto Rico siguiera caminando como Raymond Arrieta, mientras alguien siguiera creyendo en la solidaridad, habría futuro.
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