Español
Tengo un peculiar compañero de vida: tiene ojos grandes y curiosos, semejantes a ese manto que cubre los cielos por las noches. A él le gusta jugar con las sandalias de mi madre y los zapatos de mi padre; los aprieta entre su hocico y mueve la colita una y otra vez para avisarnos de sus juguetonas ganas de sacarnos una sonrisa. Se llama Spaik y le encantan las croquetas de carne. También le fascina pasear y trotar conmigo para quemar calorías… aunque creo que él tiene más resistencia que yo porque me termina ganado cuando hacemos competencias. Nunca imaginé tener un amigo como éste, ni tampoco que fuera tan grande y dorado como el oro profundo.
Imagen diseñada en Canvas
La primera vez que lo vi mis huesos se estremecieron; mi hermano sonrió mientras no los mostraba con orgullo y esa gran sonrisa que lo caracterizaba. Retrocedí mientras oía carcajadas. No me gustaba pues era un perro demasiado grande y robusto, con una fuerza capaz de tumbar a mi tía que, curiosamente, lo abrazaba con locura y admiración. Ante mi negativa y al ser el único de los presentes que se alejaba, mi hermano tuvo que insistir: “Acércate, ven… se llama Spaik” dijo mientras él y su nuevo amigo canino se acercaban a mí. No me quedó de otra que estirar la mano y deslizar mis dedos por aquel pelaje esponjoso y abultado, aunque he de admitir que los temblores nunca abandonaron mis pensamientos ni tampoco la idea de una mordedura desgarradora.
¿En qué estaba pensando?
Aunque Spaik era grande y fornido no era para nada peligroso, incluso ahora me doy cuenta que hasta una hormiga puede ser más peligrosa que él. No obstante, dado a mi antigua poca cercanía a los perros, era difícil consagrar una confianza con Spaik sin que pavor desvaneciera esa conexión de amistad entre un hombre y una mascota. Mi hermano lo adoptó sin preocupación o prejuicio alguno, incluso lo sacaba a pasear y a correr para que ambos estuvieran libres del exceso de calorías y la obesidad. Cuando visitaba a mis padres los fines de semana, él y Spaik eran los primeros que me recibían. Yo solo los miraba intentando reflexionar sobre la posibilidad de tener una mascota. No obstante, me negaba a la probabilidad porque el trabajo apenas si podía permitirme dormir con tranquilidad.
Pero la vida es curiosa y peculiar en verdad. Cuando mi hermano decidió trabajar y dejó a mis padres a cargo de Spaik, hubo una cercanía más grande entre aquella mascota y este miedoso relatador de historias. En una ocasión Spaik me escondió los zapatos y, aunque estaba algo enojado no pude controlar las carcajadas. El canino de oro profundo quería que yo fuera su amigo y hacia toda clase de cosas para hacerme reír; aquel miedo que desaforaba mi corazón se fue extinguiendo tras cada visita que hacía a mis padres y a su nueva mascota consentida.
Nunca imaginé abrazar a Spaik sin temer por una mordedura; la primera vez que lo hice estaba frente al jardín de mis padres pensando en tantas cosas: preocupaciones y desmotivaciones sin sentido. Sin yo llamarlo Spaik se acercó y descansó su cabeza en mis piernas, y luego me vio y movió su cola para intentar despertar mi estado de ánimo. Acaricié su pelaje y lo abracé sin dudarlo, motivado por su compañía y su juguetona manera de entusiasmar a cualquiera. Nunca imaginé que algún tiempo después necesitaría tanto de sus abrazos.
La vida nos arrebató algo importante a los dos; en aquellos días grises de ausencia y duelo Spaik se derrumbó como mis propias ganas de continuar sonriendo. Confundido observaba con su cabeza sobre las patas delanteras, tal vez sintiendo el dolor de las lágrimas y la tristeza de una pérdida inesperada. Abatido por el dolor los abrazos fueron nuestra única vía de comunicación; los amaneceres nos saludaban en mi habitación, yo despierto y él a mi lado, deseando que todo fuera un sueño o pudiéramos volver en el tiempo.
No obstante, la realidad nos develaba la agria verdad en la que estábamos sumergidos. Mi hermano ya no volvería como todos los domingos volvía para reunirnos en casa de mis padres… las lágrimas cayeron una y otra vez, lavando los pisos y humedeciendo las paredes. Se sentía un frío: era soledad. Spaik, intentando darnos ánimo, tomaba nuestros zapatos y movía su colita para inspirar un juego de risas. Lo ignorábamos, y tal vez eso lo ponía muy triste. Sin embargo, sus ganas de motivarnos nunca palideció ante la pesada atmósfera que se vivía en casa.
Sin que esperáramos luz, apareció esa motivación que Spaik intentó comunicarnos con anterioridad. Aún había razones para esbozar sonrisas y nuestra mascota dorada nos mostró que aquello que pensábamos perdido no era más que una ilusión, y que el dolor debía sanar para que el corazón pudiera entender la belleza de la vida y la magia de la esperanza. A partir de ese instante Spaik se volvió esa pieza de alegría que abrió una puerta a las remotas posibilidades de un nuevo comienzo. Y ahora, más consiente que en el pasado, decidí abrazar tanto a Spaik como a su naturaleza motivadora.
Nos hemos convertido en grandes amigos. Aquel miedo y aislamiento hacia Spaik quedó en un olvido permanente y a continuación, prosperó una relación como aquella que alguna vez mi hermano consistió junto a él en el inolvidable pasado de su existencia física. Cada tarde, mientras mi padre y yo lo sacamos a pasear, relatamos las historias de viejos días en los que las ocurrencias de mi hermano motivaban a Spaik a ser un trotamundos. Aferrado a seguir con lo que alguna vez inició la memoria y la esperanza, me he convencido de que para ser feliz debo hacer feliz a los míos.
¡Así como lo hace Spaik!
Ese gran amigo dorado que nos ha enseñado que cualquier herida, por muy profunda que sea, puede sanar mientras la felicidad impregne los anheles del alma.
Fotografías de mi archivo fotográfico
English
I have a peculiar life partner: he has large and curious eyes, similar to that mantle that covers the skies at night. He likes to play with my mother's sandals and my father's shoes; he squeezes them between his snout and wags his tail over and over again to let us know of his playful desire to make us smile. His name is Spaik and he loves meat croquettes. He also loves walking and jogging with me to burn calories... although I think he has more stamina than me because he ends up beating me when we do competitions. I never imagined having a friend like this, nor that he was as big and golden as deep gold.
Image Desing in Canvas
The first time I saw it my bones trembled; my brother smiled while he did not show them with pride and that big smile that characterized him. I backed away as he heard laughter. I didn't like him because he was too big and robust a dog, with a force capable of knocking down my aunt who, curiously, hugged him with madness and admiration. Given my refusal and being the only one present who walked away, my brother had to insist: "Come closer, come... his name is Spaik" he said as he and his new canine friend approached me. I had no choice but to reach out and slide my fingers through that fluffy and bulky fur, although I have to admit that the tremors never left my thoughts nor did the idea of a heartbreaking bite.
What was I thinking?
Although Spaik was big and stocky he wasn't dangerous at all, even now I realize that even an ant can be more dangerous than him. However, given my former lack of closeness to dogs, it was difficult to establish trust with Spaik without fear dissolving that connection of friendship between a man and a pet. My brother adopted him without concern or prejudice, even taking him for walks and runs so that both of them would be free from excess calories and obesity. When he visited my parents on weekends, he and Spaik were the first to receive me. I just watched them trying to ponder the possibility of having a pet. However, I refused the probability because the work could barely allow me to sleep peacefully.
But life is curious and peculiar indeed. When my brother decided to work and left my parents in charge of Spaik, there was a greater closeness between that pet and this fearful storyteller. On one occasion Spaik hid my shoes and, although I was a little angry, I couldn't control my laughter. The deep golden canine wanted me to be his friend and did all sorts of things to make me laugh; that fear that overwhelmed my heart was extinguished after each visit he made to my parents and his new spoiled pet.
I never imagined hugging Spaik without fearing a bite; The first time I did it I was in front of my parents' garden thinking about so many things: worries and senseless demotivation. Without me calling him Spaik came over and rested his head on my lap, and then he saw me and wagged his tail to try to get my mood up. I stroked his fur and hugged him without hesitation, motivated by his company and his playful way of exciting anyone. I never imagined that some time later he would need his hugs so much.
Life took something important from both of us; in those gray days of absence and mourning Spaik collapsed like my own desire to continue smiling. He, confused, watched with his head on his front paws, perhaps feeling the pain of tears and the sadness of an unexpected loss. Dejected by pain, hugs were our only means of communication; the sunrises greeted us in my room, I woke up and he next to me, wishing that everything was a dream or we could go back in time.
However, reality revealed to us the bitter truth in which we were submerged. My brother would not come back like every Sunday he would come back to meet me at my parents' house... the tears fell over and over again, washing the floors and dampening the walls. It felt cold: it was loneliness. Spaik, trying to cheer us up, would take our shoes and move his tail to inspire a game of laughter. We didn't know, and maybe that made him very sad. However, his desire to motivate us never paled in the heavy atmosphere at home.
Without us waiting for light, that motivation that Spaik tried to communicate to us before appeared. There were still reasons to smile and our golden mascot showed us that what we thought was lost was nothing more than an illusion, and that pain had to heal so that the heart could understand the beauty of life and the magic of hope. From that moment on, Spaik became that piece of joy that opened a door to the remote possibilities of a new beginning. And now, more aware than in the past, I decided to embrace both Spaik and his motivating nature.
We have become great friends. That fear and isolation towards Spaik was permanently forgotten and then a relationship like the one my brother once had with him in the unforgettable past of his physical existence prospered. Every afternoon, as my father and I take him out for a walk, we recount the stories of old days when my brother's quips motivated Spaik to be a globetrotter. Clinging to continue with what memory and hope once started, I have convinced myself that to be happy I must make my family happy.
Just like Spaik does!
That great golden friend who has taught us that any wound, however deep it may be, can heal as long as happiness permeates the desires of the soul.
Photos from my photo archive