Nunca me llamó la atención practicar algún deporte, de hecho me aburren hasta la muerte, por mucho que mi padre intenta vanamente integrarme a un club deportivo simplemente prefiero sentarme frente a la pantalla, activar la consola y simular que soy una de esas superestrellas del soccer o fútbol americano. Pero aunque les cueste creerlo, sobre el césped soy el atleta más veloz de la historia, al menos de mi liceo.
Imagen de El Universal
Pese a que nunca formé parte de un equipo el hecho que yo sea tan rápido no me sorprende, puede que al resto del mundo sí pero a mi no, por el simple detalle que desde mi primer día en el jardín de infancia hasta hoy lo único que hago es correr y correr. Siempre atraje a los busca pleitos, yo era flaco, pálido y mi estrabismo era una invitación a que me golpearan, me trataban como si los puñetazos no causaran dolor.
Mi padre me obligó a tomar clases de boxeo pero desarrollé dos alergias: una a los guantes y otra a los golpes (ya esa última la tenía desde hace tiempo). No había forma, no sabía pelear, cada vez que intentaba defenderme mis puños causaban cosquillas a mis enemigos (aparte que nunca los veía bien, siempre me rompían los anteojos), mi mejor opción era la más simple: correr.
Para mi era simple, si quería conservar mis huesos sanos lo mejor que podía hacer era correr más rápido que ellos. Así pues, cada día, cuando terminaba la última clase del día, tomaba mis cuadernos y salía corriendo como alma que lleva el diablo hacia mi casa, no miraba atrás, lo único que quería era llegar lo más rápido posible. Cada malandrín que dejaba atrás era un par de golpes menos en mi cara, un diente más permanecía con sus hermanos y los ojos libres de anillos morados.
En la clase de educación física intentaba no destacar, sabía que si descubrían mi talento intentarían hacerme parte de un equipo, justamente con los gorilas que me fastidiaban la vida, no era opción estar encerrado en los vestidores con ellos. Pero un día tuve que hacerlo, me vi obligado a correr ante la vista de todos, sin querer tuve un pequeño tropiezo con Willy, el corredor del equipo de fútbol americano y la persona más veloz jamás conocida....hasta ese día.
Willy era conocido por su fiereza y rapidez así como por su mal carácter. Ese día cuando me topé con él la tomó muy mal, hice que derramara su soda sobre su novia, por supuesto, dicho error no podía quedar impune, esta ofensa ameritaba venganza. Supe que tenía que hacer lo que mejor se me daba: correr.
Cerró las manos y yo en seguida puse mis piernas en acción, mi alergia a los puños me impulsaba hacia adelante. Tras mi espalda estaba Willy y toda la delantera de los Lobos, el equipo de mi liceo,los campeones del estado, tenían que defender a su estrella y por supuesto se unieron para la caza de la liebre, es decir, mi persona.
Todos vieron la persecución, los atletas más destacados del estado no lograban acercarse a mi y Willy no podía satisfacer su sed de venganza. Uno a uno los Lobos desistieron en seguir la cacería, Willy estaba agotado yo fresco como una lechuga, hasta que no pudo más, esta vez la liebre ganó. Esto hubiera quedado inadvertido si el entrenador de los Lobos no hubiera visto lo sucedido, fue a mi casa, habló con mi padre y al día siguiente en la entrada del liceo me esperaba Willy con el entrenador dándome la bienvenida al equipo. Sin querer me hice parte de la manada.
Acepté por mi salud física, el entrenador me prometió que nadie me tocaría. Por otra parte siempre es bueno para una liebre como yo pasearse entre los depredadores sin ser tragado. El día de mi primer juego nadie podía creer lo que veían; ¿qué haace ese nerd entre los lobos?, !FUERA, FUERA, FUERA¡, no fue un lindo recibimiento, pero el odio cambió a vítores y alegría cuando mis piernas entraron en acción una vez más esta vez con el ovoide en mis manos y los rivales tras de mi intentando sin éxito alcanzarme, desde entonces las gradas y el país deliran por mi, las persecuciones ahora son por mi autógrafo.