Un par de gallinas cacareando cerca de la puerta era la alarma que nos despertaba cada mañana, los amaneceres en mi casita materna en El Pauji, poblado de la Gran Sabana eran sencillamente mágicos. Una hilera de pinos marcaba nuestro lindero y nos separaba de la calle principal del pueblo, una carretera de granzón y arena donde chapotear bajo la lluvia era todo un evento, aunque trajeramos algunas nigüas luego entre los pies.
Cuando llegaba de la escuelita, donde una maestra daba clase a los 6 grados, sudada del kilómetro recorrido a pie, era seguro encontrar a mi mamá esperando con una limonada, un té de malojillo a temperatura ambiente (porque no había electricidad, menos nevera) o un jugo de guayaba, que seguro había licuado con la licuadora del restaurante de mi Tío Luis que tenía planta eléctrica.
El jardín tenía varios árboles de guayaba, de hecho, uno de ellos ya seco por el tiempo un diciembre fue nuestro árbol de navidad. Sin embargo, para nosotras, mi hermanita menor y yo, los árboles de guayaba eran más que simple árboles, eran nuestro parque, nuestras casitas del árbol, nuestro acceso a las meriendas de las tardes. Siempre habían guayabas, blancas y rojas. Nosotras agarrabamos aquellas que se veían mejor, las que no tuviesen huequitos porque seguro esas tendrían gusanos. Luego, las picabamos y le poníamos azúcar y las colocabamos en nuestra vajilla de juguete, para simular un gran banquete en ese jardín.
Jugos, cascos de guayaba (dulce), guayaba picada, bocadillo de guayaba. Sencillamente una fruta que siempre estuvo presente.
Así, uno luego crece, (dice uno que crece). Luego en un paseo, camino de un campo te topas con un árbol de guayabas, tomas una, la abres, la hueles, la pruebas y sonríes...Allí vuelves a ser niña otra vez.
Autora: Zully Castejón Scott
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Octubre 2024.
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Gracias por dedicar tiempo valioso de tu vida a leerme.
Abrazo 🤗
Zully🦋