Marie Louise Ramé, novelista inglesa conocida con el seudónimo de “Quida” refiriéndose al arte de las relaciones humanas, nos alerta cuando dice: “Si pudiéramos saber dónde y cuándo nos volveremos a reencontrar, seriamos más tiernos con nuestros amigos al despedirnos”
Observé el reloj marcaba las 2:16 de la tarde, el hambre acosaba para la comida de medio día, decidimos con mi esposa comer pescado en filete; una vez hicimos nuestro pedido, saludos a la mesa de al lado, se trataba de dos amigas que se reencontraron unas horas atrás, y aún estaban con la euforia del encuentro; -Nataly- se llamaban ambas; quizás en el cole, hace 20 años atrás el mismo nombre las acercó, fue imposible no enterarnos de la efusividad de la amistad y la especial alegría que las unía.
Por circunstancias de estudio y trabajo en el exterior, las amigas de caminos, de penas y de risas; volvieron a compartir momentos especiales en la historia personal. Esa es una de las satisfacciones de las buenas siembras en la vida; no es de extrañar cuando nuestros sabios nos dicen que, si no podemos hacer amigos, al menos cuidémonos de no hacer enemigos en el diario caminar.
Al observar y compartir con las amigas -Nataly- alguna broma del lugar, me agradó saber que la amistad siempre buscará un instante para vibrar; pues ella conecta la vida de dos corazones, con aquel pasado vibrante, y sabe que el futuro que, aunque incierto, volverá a llegar, no se sabe con qué locura, pero algo conspirara.
Ya lo dijo el novelista Charles Dickens con respecto a esos instantes mágicos de volverte a ver:
“El dolor de separarse no es nada comparado a la alegría de reencontrarse”
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