El filósofo y economista Karl Marx, aseguraba que cualquiera que creyera en Dios debía tener un desorden mental que causaba la invalidación del intelecto.
El psiquiatra Sigmund Freud, escribió que una persona que creyera en un Dios Creador, era una persona delirante, y que sólo sostenía esas creencias debido a un factor de “cumplimiento de un deseo” lo que para él era una posición injustificable.
El filósofo Frederick Nietzsche afirmó que la fe equivalía a negarse a conocer lo que es verdadero.
Actualmente, una nueva generación de ateos argumentan cosas similares. Pero, los argumentos de los ateos de la actualidad no son mejores que los argumentos que formularon los ateos de siglos anteriores. No hay nada nuevo que nos estén diciendo.
Sin embargo, tenemos buen arsenal de combate en las varias afirmaciones de los muchos amigos de la Biblia que han presentado argumentos sólidos a favor de la existencia de Dios. Y sobre todas las cosas, tenemos en la misma Biblia, el argumento más sólido por sí mismo, su mensaje celestial.
Cada cual, por sí mismo, puede concluir que la creencia en Dios es lo más razonable, lógico y obvio en el diseño natural que nos rodea, el cual debe ser el efecto de una causa primera.
La existencia de Dios
No podremos quitarnos de encima las grandes preguntas que guardan relación con la existencia, el propósito, el significado y el destino; y así como el teísmo ha de presentar sus razones, también lo ha de hacer su contraparte, el ateísmo. Es decir, no basta con afirmar "Dios no existe", han de exponerse las líneas deductivas por las cuales se llega a semejante conclusión.
El ateísmo afirma mucho, y no ofrece argumentos convincentes para ello (¿Cuál es la evidencia que nos permite creer que el ateísmo es cierto?). Ahora bien, en mi opinión, hay buenas razones para creer que Dios sí existe, y no hay buenas razones para creer al contrario. Es más, debo admitirlo, es mi firme convicción que Dios existe, pues veo que hay razones lógicas y totalmente razonables para creer así.
Sea como fuere que observemos la realidad física, podemos admitir con total libertad que ningún elemento de ella puede explicar en sí mismo su propio origen. Es decir, al tomar el universo físico y desmenuzarlo hasta sus componentes más básicos y diminutos, siempre quedamos con una entidad física o cuantitativa que no posee una razón de su propia existencia en sí misma. El universo no halla en sí mismo su propio origen. La causa queda fuera del universo, es anterior a él. Lo cual significa que la causa del universo no es física, sino espiritual, y es superior al propio universo.
Luego, al observar nuestro derredor nos encontramos con información, con tanta información que no puede ser etiquetada como aleatoria. Y bien sabemos que donde encontramos información, hay una mente que la dispuso en una secuencia lógica para nosotros. La información de una enciclopedia no se produce a sí misma. El Quijote de la Mancha no fue impreso por la explosión de una imprenta. Este artículo es el fruto de una mente. Si tomamos solamente nuestro ADN nos asombramos con la información allí dispuesta para posibilitar la vida humana. La inteligibilidad del universo asume una mente previa, una mente sobrehumana.
Por lo tanto, nos encontramos con una causa no física, que es externa al universo y superior a él. Ha de ser una causa eterna, no sujeta a tiempo/espacio, quien es la causa intelectual de nuestra existencia, una mente creadora sobre humana, divina, Dios.
Por Josué I. Hernández