El reloj dio las ocho y ella se levantó de repente, dejando caer su costura sobre la silla. Fue hasta la puerta y la abrió, escuchando. Luego salió y aseguró la puerta detrás de sí.
Alguna escaramuza que ocurría en el patio la sobresaltó, aunque sabía que solo eran las ratas de las que estaba infestado el lugar. Era una noche muy oscura. En la gran explanada de las vías, colmada de furgones, no había ni un rastro de luz, solo mucho más atrás pudo ver unas pocas lámparas amarillas en lo alto del pozo, y la mancha rojiza del terraplén del pozo que ardía en la noche. Se apresuró por el borde de la vía, y luego, cruzando las líneas convergentes, llegó a los peldaños junto a la verja blanca, por donde salió a la calle. Entonces el miedo que la había empujado se redujo. La gente se dirigía a New Brinsley; vio las luces de las casas; veinte metros más allá estaban los ventanales del Prince of Wales, muy brillante y acogedor, y podían oírse claramente las voces altisonantes de los hombres. ¡Qué tonta había sido al imaginar que le había sucedido algo! Simplemente estaba bebiendo allí, en el Prince of Wales. Vaciló. Nunca antes había ido a buscarlo, y jamás lo haría. De modo que siguió su marcha hacia la larga hilera de casas dispersas y se quedó inmóvil en la carretera. Entró en un pasaje entre las viviendas.