Marco se quedó helado junto a la cama, paralizado unos segundos, unos minutos, una hora. Sintió el acido en la nariz a la vez que botaba todo el estomago por la boca, siempre fue un hombre loco, nervioso y paranoico, pero no podríamos juzgarle por su reacción al ver aquella misteriosa pistola sobre la mesa de noche.
El padre de la niña lo había encontrado, estaba seguro de eso. Apartó la vista hacia un lado, el hombre tenía años persiguiéndole, amenazándole.
El viejo estaba helado, pero volteo la vista hacia la puerta de salida, caminó sonando como un tractor oxidado y revisó los cerrojos, estaba bien trancado con llave, como lo dejó antes de salir.
El cuarto era cómodo, bonito y limpio, alguien había entrado para dejar la pistola en su mesa, el padre de la niña lo había encontrado, el tipo lo iba a matar, se sentó al borde de la cama. Todo estaba en silencio.
Su corazón comenzó a acelerarse.
La niña no paraba de atormentarlo, ahora desde donde te atormentan los muertos. Estaba solo, indefenso, su escaso cabello escurría grasa, parecía una rata anciana y chueca, le temblaban las manos, apestaba a vomito, daba pena el pobre hombre. Pena y asco. Como pudo corrió por los periódicos y con ellos cubrió la ventana, jadeando arrastró muebles hasta la puerta.
- ¡Vete! Le gritaba a la habitación vacía.
- ¡No soy un mal hombre!
El viejo recordó su piel tiernita, su olor rico, su cuerpo cálido, sus bonitos dientes. La voz de la niña no lo dejaba en paz, nunca antes, nunca ahora. Era tan bonita.
Lloró silenciosamente, sin esfuerzo, resignado, la paso entre sus encías hasta que el hierro frío le toco la lengua.
En ese momento, en la puerta comenzó a sonar un golpeteo, primero delicado, luego insistente.
El padre de la niña lo había encontrado.
Atormentado el viejo se voló la cabeza, ¡sas!, encharcando toda la pared detrás de él.
Al otro lado de la puerta, en el pasillo, se escuchó el disparo.
-¡Mierda! Grito un muchacho
Una pareja de hombres se mira ahora perpleja.
Víctor, el recepcionista, abre los ojos lo más que le es posible hasta casi salirse estos de su cara, cubriendo su boca con las manos mira al joven y apuesto policía que se tumba desecho en el suelo, acaban de confirmar el paradero del arma que habían olvidado en esa habitación.