La luz de la luna recorría su delicada piel. Era su vestido plateado que parecía cautivar a todos los hombres que alguna vez dudaron de la identidad de aquella hermosa mujer. Brillaba ante los ojos de los más escépticos, les hacía creer que la nueva vida estaba cerca y que la muerte era el camino perfecto a la salvación. Ella parecía hermosa, parecía un hechizo viviente, pero entre sus deseos estaba la intención de arrastrarlos a todos a la perdición.
"Sostén mi mano", les decía, las noches frías de invierno, las noches calurosas del verano. "Sostén mi mano, hijo de Dios, que conocerás los placeres que tanto te prohibió tu señor". Los hombres, hipnotizados por su belleza, se perdían entre la espesura de la oscuridad. También se perdían en su hermoso cabello, sus cálidas manos, su mirada penetrante. Eran llevados a las profundidades del bosque, creyendo que conocerían un paraíso que no es más que un cielo falso hecho por los demonios. Sin embargo, conocían nada más, y nada menos que sufrimiento. Ella nunca quiso ser esculpida por un demonio. Esculpida con la piedra que cayó de la luna, una noche que parecía pesadilla.