De joven, muy joven, tenía yo una novia. Ella era pequeña, blanca y de ojos claros muy grandes. La relación era muy reciente. Ambos vivíamos en una zona rural, de ríos y de campos.
Un día nos fuimos a pasear por el río. Me dijo que era mozuela.
Sí... "me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río".
Yo también era un niño. Para ese entonces no había conocido mujer.
Caminamos desde una zona de casas hasta el lugar de una empresa de explotación de piedra caliza. En las últimas casas encontramos a la mamá de ella que nos saludó muy alegre. Le pregunté si su mamá no tenía problema de que andáramos solos por ahí. Dijo que no, y seguimos. Llegamos a una zona desierta que era un cerro que habían talado y semi-explotado. Había allí varios montículos de piedra.
Recuerdo que la senté en una pilanca de piedra caliza.
La besé..., me besó... De pronto, escuché un ruido...
Levanté la vista. Recorrí el área con la mirada, pero no vi nada.
Seguimos en lo que estábamos.
La besé..., me besó..., nos besamos... De pronto, escuché un ruido...
Me levanté. Me acerqué a un bosque gigantesco de árboles que me parecían milenarios y agucé la vista. Miré de un lado a otro a través de las ramas. Vi una silueta escondiéndose detrás de un árbol.
Me acerqué a la muchacha y le dije:
—¿Seguro que tu mamá no tiene problema de que andes por aquí sola con un galán?... Vámonos, porque ahí hay alguien escondiéndose.
Muy mal que le dijera eso así. Yo caminé hasta la salida, esperando que ella me siguiera. Pero ella dijo:
—Pues yo tengo que averiguar quién es.
Yo sólo repetí "vámonos" y seguí caminando como para obligarla a que me siguiera. Pero no me siguió. Un poco más adelante, donde ella no podía verme, me detuve a esperarla.
Entonces escuché un estruendo como si un animal muy grande corriera por la hojarasca. Corrí hacia ella, pero me detuve con un golpe de adrenalina al ver que entre ella y yo había un hombre con un pasamontañas y un machete en la mano...
Ella, asustada como yo, le dijo: —¡Yo vengo con él!
El hombre volteó, dio un paso a un lado, y dijo: —Bueno, ¡piérdanse!
Ella pasó por su lado sin correr, muy lento...
Yo avancé, la tomé por la mano, y la obligué a correr.
Ella casi no se movía, y me di cuenta de que, aunque se veía calmada, estaba aterrada hasta los tuétanos. La cargué y corrí con ella. Solo me pude tranquilizar cuando llegamos a la zona de las casas...
Ahí termina la historia. Nunca más vuelvo a andar por esos parajes solitarios, pensando que el mundo es bueno.
Créditos del texto: Amaponian Visitor ()
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