Amo sus manos, esas líneas, esas sombras, amo sus delicadas formas, su piel tersa, amo a rabiar su juventud y sus ojos vivaces, su mirada de ángel, su voz dulce que hace preguntas y ríe cantarina, su cabello despeinado, su desorden al tratar de coordinar sus ideas explosivas, sus uñas cortas a dentada limpia consecuencia de su impaciencia, sus senos delicados duraznos altivos, sus pies limpios, perfectas líneas armoniosas hechas con un trazo preciso y perfecto, su delicado y hermoso perfil que duele verlo, las bellas y tersas formas de su juventud perfecta.
Yo, testigo mudo sumido en mi contemplación secreta, la veo ahora, sin que ella se percate de mi existencia. No soy nadie para ella, ni siquiera un desconocido, soy una sombra en su campo visual, algo inexistente, un espacio vacío. Así me entrego a la contemplación de su alma, de su presencia angelical. El tiempo transcurre despacio y yo muero mientras paseo mi mirada por todos esos maravillosos efectos mágicos de su vida.
Sé que hoy es la primera y ultima vez que la veré, así que me entrego absorto.
Este eterno silencio me devora la vida y ya no me importa nada, sólo sueño con que el tiempo se detenga y no se transforme nunca en recuerdo.
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