En la vieja casa, se quedaba bastante tiempo mirando el antiguo reloj a péndulo que se hallaba en el amplio salón.
Sus ojos seguían el movimiento pendular de ese disco dorado sin cansarse.
Y uno quisiera imaginar en que pensaba en esos largos momentos.
De pronto se levantaba, abandonando su puesto y se disponía a hacer tal o cual cosa. Y no eran cosas simples, eran actividades trascendentales. Estas situaciones ocurrían cada 10 días. Es decir, eran periódicas.
Y yo, que soy su nieto, fui descubriendo cuando ocurrían esas raras actividades, con mucha paciencia. También las experimenté y les puedo asegurar que fue fascinante. Entonces, como les iba contando: el abuelo después de estar un rato en el salón, observando el reloj, hacía cosas extrañas: se hizo vegetariano (antes hacía unos asados...), gateaba y lloraba como un bebé, pintaba de negro su habitación, otro día serruchaba la puerta de la sala... lo más raro fue cuando ahorcó al gato de la casa colgándolo de la lámpara del comedor. Eso fue el colmo. Mi madre estaba furiosa. Aquel día me decidí a estudiar que pasaba. Me senté como lo hacía el abuelo, mirando fijamente el reloj a péndulo. Noté que algo andaba mal. De repente, como poseído, me levanté y entré en la cocina, mi madre estaba preparando una comida y yo la intenté estrangular con mis manos... mi madre me dio una cachetada que me hizo volver a mi. Así que le pedí mil disculpas y le dije que creía saber lo que le ocurría al abuelo en esos momentos. Con una caja de herramientas me dirigí al antiguo reloj y observé que las oscilaciones del péndulo no eran exactamente iguales. En algunos momentos seguían cierto patrón. Determinado eso, comencé a desarmar el reloj, y pude observar que abajo se encontraba otro mecanismo que tenía una punta, y a su vez marcaba un tablero de una ouija extraña. Las letras se agrupaban en palabras y luego en frases incoherentes, aunque algunas tenían sentido formando órdenes agresivas y peligrosas.
A un costado figuraba el nombre del fabricante del reloj en letras de un alfabeto conocido: armenio. Más abajo encontré el lugar y la fecha de fabricación. Quise desarmar el mecanismo pero pareció que la ouija adivinó mis intenciones y un resorte se activó, lastimando mi mano con una herida bastante profunda. Y la sangre de mi mano cayó sobre la malvada tabla con letras y el reloj se detuvo. Ahora el abuelo se queda triste mirando el reloj antiguo, cuyas agujas marcan el momento exacto de la atroz muerte del pobre gato.