Ella está allí, siempre está allí. Sola y desamparada, como una palabra en el silencio, como una gota en la arena seca.
Siempre pienso en ella y cuando la necesito, ella responde apresuradamente.
En la soledad de mi habitación, sueño con tenerla conmigo, sobre mi cama, sintiendo su voz sensual en el oído.
Ella casi nunca descansa. Está dispuesta a toda hora, me pregunto si estará cansada, si tendrá alimentos, si no le faltará una silla, para poder descansar.
Cuando trabajo en mi oficina, a veces la molesto, la llamo por teléfono, porque eso si, tiene teléfono,
Pero cuando la invito a salir, no se inmuta, me elude, sigue sin detenerse, igual que siempre, su tarea.
Ya no sé que hacer, estuve buscándola, sin resultado. La tendrán en un sótano, en una caja. Pero le dejaron el teléfono, la única comunicación con el mundo exterior.
Estoy desesperado. He vuelto a mi habitación, y mientras escribo este mensaje, ella sigue allí, hablándome. Me arrojo sobre el piso de madera. Y con el teléfono en el oído me voy adormeciendo, mientras que ella, con voz sensual susurra lentamente:
Diecinueve horas... catorce minutos...diez segundos...
Diecinueve horas... catorce minutos... veinte segundos...