El Carretón
Un par de días luego de mi cumpleaños número 12, como era costumbre, habitantes evitaban la oscuridad de aquella Caracas de 1970, donde escaceaba en los suburbios la iluminación nocturna, la penumbra invadía varias de las calles. Después de la media noche, Eduardo, mi vecino, y yo, nos dispusimos a satisfacer la curiosidad que tanto nos invadía respecto a mitos muy pronunciados.
A unos 200 metros de nuestro hogar, en un terreno deshabitado, donde la naturaleza reposaba, nos sentamos en un tronco. No se percibía mayor luz que la del perol con luciérnagas, unas cuantas fuera de éste, y la tenue irradiada por la luna menguante y pocas estrellas.
Lo que acordamos en diálogo era imaginación, sombras acechaban a nuestro alrededor. La valentía que llevamos se disminuia a velocidad inimaginable, tanto que no transcurrieron más de 10 minutos al decidir volver.
El retorno parecía eterno. El silencio perturbador era interrumpido por el crujir de ramas y hojas consecuencia de nuestro pisar.
De pronto, se agregó un sonido. Un ruido atronador, y sin sentido hasta observar aquella atroz escena: chispas de fuego brotando de rocas, resultado del contacto con ruedas pertenecientes a una vieja carreta siendo conducida por el vacío, sin pasajeros, arrastrada por cuatro caballos que relinchaban sin cesar.
Desde esa noche, el aterrador suceso me acosa en las madrugadas, e incluso, en ocasiones, durante el día. He sido condenado a vivir en una casi constante pesadilla.
Esta es mi participación en el primer concurso organizado por mi buen amigo