Úrsula no fue capaz de interpretar la contemplación monárquica del espectro de Prudencio frente al espejo, mientras José Arcadio destruía su taller de alquimia, cuando en una lengua desconocida, gritaba que por fin había logrado transformar el oro, en una hermosa tela imperial.
Úrsula no lo entendió y permitió que diez hombres lo derribaran, catorce lo amarraran y veinte lo ataran al enorme castaño del patio, condenando a José Arcadio, a la contemplación infinita del tiempo.
Las trompetas del reino de los perpetuos desvaríos sonaron en Macondo, el emperador de los desencarnados, Prudencio Aguilar, desfilaba, otra vez, por las calles del pueblo. Esta vez lucía el traje de oro y plumas de gallo, que había tejido José Arcadio. Sin duda alguna, el duelo entre esos hombres nunca terminaría.
Solo un niño hambriento que se le veía un cartílago extraño a través del pantalón, semejante a un rabo de cochino, se percató de lo que estaba ocurriendo, se le acercó al emperador y dijo: -“pero si no lleva nada”- Prudencio, sabiéndose desnudo, lo ignoró. No iba a ser tan tonto ni tan estúpido como para admitir semejante verdad.
Esa noche y hasta el amanecer, llovió flores amarillas. Úrsula, su mujer, supo que José Arcadio se había ido para siempre. Seguramente estaba con Prudencio, jugando a los gallos, luciendo trajes transparentes.
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