En una de esas sorpresas que te da la vida -muy pocas veces- nos tuvimos que tropezar. Tú quizás venías con la idea de cerrarle tu corazón al mundo entero, yo con el mío cauteloso, pero abierto de par en par.
Nos vimos, fue rápido, a simple vista supe que no te dejaría pasar. Me diste la señal que bastaba y me metí en tu vida, quise saber de qué vas.
Me hablaste de malas experiencias, de que te han querido lastimar; y yo quise mostrarte lo bueno, enseñarte a confiar.
La distancia con la que me acerqué a ti al principio solo era respeto, para que notaras que no tengo mala intención. ¿Y puedes negar acaso que no fui obvio? Si te dediqué toda mi atención.
Entendí que venías de un mal rato, de una desilusión; pero si hay algo que a mi me sobra es paciencia y este instinto sobreprotector.
Me puse una meta bien noble: mostrarte que no todo podía ser malo. Te saqué sonrisas con mis tonteras y quise que te sintieras segura con mis abrazos.
Todo pasó así, en un instante, fue rápido. No me asusté, no me arrepiento y te soy sincero: me haces falta si no te tengo a mi lado.