Me divertía observarlos, pero respetaba su espacio de placer, así que cerraba los ojos con intermitencia. Al instante, evoqué una escena de Eat Pray Love en la que Elizabeth detallaba a dos jóvenes italianos encendiéndose cerca de una plaza cuando ella comía pasta a la boloñesa y leía la prensa para practicar su italiano; las principales diferencias entre ella y yo estribaban en que, para mí, no sonaba una ópera de Mozart como fondo mientras las figuras se erigían y que, por supuesto, no estaba sentada en una callejuela de Roma. A su vez, recordé los juegos del amor y me sentí lejana de esos universos paralelos. Sin embargo, la jocosidad me invadía por su disfrute. Los imaginaba deseándose y revolcándose en un colchón de arena. Él creyéndose fuerte y ella dirigiendo las rutas del Zahara con su imponente cola de caballo de ondas perfectas, como una diosa. Fue casi una transferencia de goce o una chispa de sexualidad voyeurista para una retirada parcial de las artes eróticas. A veces, sólo a veces, uno puede vivir a través de otros. La mirada es penetrante y encarna el tacto, así como las manos desnudas.