Desde que tengo memoria el más mínimo roce de mis manos con otra piel suele mostrarme los más tristes escenarios, el colofón de una vida que sucumbe a lo inevitable, donde no existen segundas oportunidades, nada es reconocido, nada es palpable y nadie ha regresado para contarlo. He visto tantas veces su rostro que aunque quisiera olvidarlo, puedo verla ocultarse en mascaras de placer y horror: cigarrillo, drogas, alcohol, tentaciones, catástrofes, ira, celos, locura, enfermedades… y todo para qué, si con la muerte el final siempre es el mismo, desgraciadamente yo con sólo un roce acabé conociendo la de mis seres queridos.
Mi padre iba a realizar un largo viaje, solía viajar a menudo ya que trabajaba para una empresa de envíos, siempre desayunábamos juntos y esa mañana al despedirnos lo abracé fuerte y en una milésima de segundo, casi sin darme cuenta, las visiones volvieron. Esto me ocurría esporádicamente cuando era más niña y solía experimentar cierta tristeza, como si se tratase de un mal sueño, de esos que dejan un sin sabor en la boca, afortunadamente al reaccionar me daba cuenta que no formaba parte del presente, aunque esa vez fue mucho más fuerte y cuando mi palma rozo su cuello, pude verlo.
Me latían las cienes, una fuerte angustia subía desde el centro de mi estómago a la cabeza y veía como la camioneta de envíos impactaba fuertemente contra un camión de carga y la parte delantera se hacía trizas, llevándose consigo al ser que me dio la vida. Entré en pánico y comencé a gritar y llorar por el horror de aquella visión, sabía que era más que sólo eso, lo sentía. Podía incluso oír las sirenas de los paramédicos llegando al lugar.
A raíz del conjunto de pensamientos que me atormentaban y los fuertes gritos acompañados de lágrimas, terminaron llevándome al hospital. Después de una experticia psicológica y un par de conversaciones con algunos psiquiatras, (que parecían empeñados en hacerme entender que aquello solo estaba en mi cabeza) volví a casa. Mi padre ese día no viajo pero ya saben lo que dicen: la muerte es un visitante que no falla. Tarde o temprano llega y muchos preferiríamos que fuese tarde pero solo le llevó dos meses cumplir mi oscura profecía, tan sólo necesitó un par de viajes más.
Siempre me pregunto ¿porque me ha tocado lidiar con esta carga? La vida parece una película que cambia su formato según quien la vive y a mí me tocó la peor parte. He visto tantos finales que lo mejor que puedo hacer es no pensar mucho en ello. La mayoría suelen ser tristes pero no para quien se va, sino para quien se queda y debe lidiar con el vacío.
Este se hace evidente en los ojos de una madre, en lo hijos que despiden a sus padres, incluso en los enamorados que dicen adiós para siempre. Creo que los peores son los inesperados, esos que te arrebatan incluso la oportunidad de despedirte, desgraciadamente yo siempre me puedo despedir, el problema es que nunca se cómo hacerlo. No puedo hablar con nadie, la última vez que lo hice casi termino en el psiquiátrico. Ojalá pudiese ver algo más, un nacimiento, otro momento, o cualquier otra cosa, ya que la muerte solo te causa angustia.
Estoy segura de que todos alguna vez hemos pensado en nuestra muerte y a muchos nos encantaría que fuese acostados, rodeados de nuestra familia y sin sentir ningún tipo de dolor, pero la realidad es distinta, la muerte te pone cita, día, hora y nadie además de ella conoce el tiempo exacto.
A partir de ese día comencé a temer por todos, pues mis visiones no fallaban nunca. La siguiente fue mi vecina, tan solo tenía 9 años, un par menos que yo por eso a veces jugábamos. Un día vi como un carro gris la atropellaba, su cuerpo se abalanzaba sobre el techo del auto y podía escuchar con tanta claridad sus gritos de dolor que no pude evitar advertirle y ella claramente no hizo más que asustarse y contarle a su mamá lo que yo le había dicho. Seis meses después mi predicción se cumplió, tal fue el dolor de mi vecina que me culpó y más tarde se mudó.
Por ello prometí no quitarme más los guantes de lino que me regalo mi madre, así pasaron los años y me embargaba el dolor con cada pérdida que no merecía esa condena. Intente evadir las visiones y aceptar con paciencia como se marchaban algunos de mis conocidos, tal como lo había previsto, pues evitarlo parecía imposible ya que nunca sabía que día sería. Era absurdo entrar en una carrera con la muerte cuando ella siempre lleva las de vencer.
El día de mi cumpleaños número 20 conocí a alguien que cambió radicalmente mi vida, era muy atrevido, alegre y avasallante, no parecía importarle que siempre llevara guantes y fue amor a primera vista. Él era alto, caucásico y pelo castaño, con inmensos ojos marrones que te dejaban ver lo feliz que era, amaba los comics y el manga. Compartíamos el tiempo como quien no teme que este acabe, hasta que el flujo natural de las cosas toma su curso.
Aún recuerdo esa noche, era calurosa a pesar de la brisa y una luz tenue se colaba por la ventana mientras nuestra esencia se resumía en una embriagadora combinación de amor, placer y el gemir de mi boca ahogada en la suya, dando paso a los momentos más preciados de mi vida, caí en un sueño profundo, tan profundo que casi olvidé que soñaba cuando vi su cara pálida y deformada mientras la vida se le iba de los ojos, ya no quedaba rastro de su cabello que antes era frondoso y brillante, no había rastro de sus cejas o pestañas y se veía como el tumor que invadía su mejilla izquierda colapsaba, dándole fin a su vida.
Desperté y sentí como la humedad me recorría, era mi rostro empapado en lágrimas, en ese momento lo miré y me percaté que aún dormía mientras mi mano se encontraba en su mejilla desprovista del guante, debió quitármelo mientras dormía. Entonces fue cuando me di cuenta que debía enfrentarme a quien en realidad soy, al hecho de vivir condenada a conocer la muerte de cada ser que mis manos tocan. Nunca le llegué a contar la verdadera razón de mis guantes.
Si la vida te impone una especie de castigo, compartir agenda con la muerte siempre fue el mío. Aunque corra o me esconda, ella siempre llega aquí, pero irónicamente nunca viene por mí… por eso, tan pronto apareció aquel extraño quiste en su mejilla supe lo que sucedería y estaba lista para lo que debía hacer.
Establecí una cita con la muerte, ahora sería yo quien decidiría. Un poco de cianuro en el té que tomaríamos aquella tarde y eso acabaría para siempre con la agonía de ambos.
Supongo que mis premoniciones algunas veces si fallan.