Sin embargo, aquella apacible madrugada invernal de Noviembre, cuando salí de casa con una maleta con poca ropa y tantos recuerdos doblados dentro de ella, sabía que en ese momento, emprendía un viaje, a lugares desconocidos, sin retorno alguno. Pero, ya la decisión estaba tomada. Era ese, precisamente el momento para comenzar una nueva vida, lejos de tantas dudas, lejos de tanta incertidumbre, lejos de él, lejos de ese amor, lejos de lo prohibido, y al final de este relato o sueño (ya no sé ni que es), sabrán el por qué. Era nada más y nada menos, que el final de una vida signada por la desesperanza, para comenzar una nueva etapa, con presagios de prosperidad, donde el todo o la nada, iba a depender única y exclusivamente de mí…de nadie más, porque de ahora en adelante, yo sería la única dueña de mi vida, como siempre debió ser; una nueva vida, donde lo prohibido no tendrá cabida.
Atrás, junto con los recuerdos, dejaba a mis familiares más cercanos, a mis amigos de la infancia. Ese distanciamiento me causaba dolor, tristeza, melancolía, pero era como dicen, “un mal necesario”. No quise despedidas tristes, ni llantos ni lágrimas; por eso fue que me desperté de madrugada, tomé mi maleta y salí de casa, sin hacer el más mínimo ruido; a su vez, dejando una nota sobre el piano blanco, al que le falta una tecla, que se encuentra en el star de la casa, donde se quedan mis querencias más profundas. Sólo “Jetroh” -mi gato angora- se dio cuenta de mí evidente e inevitable huida, pero no maulló, ni runruneó entre mis piernas; su silencio denotó complicidad. Quizás, él también quería que yo iniciara una nueva vida, aunque fuera lejos de sus maullidos. Tal vez, cuando encuentren la nota, la tristeza, el llanto y las lágrimas afloren, pero yo, ya estaré en camino.
Al llegar a la estación del tren, aún no había amanecido, el frío petrificante me acariciaba el rostro y cabello, mientras que mi cuerpo tiritaba entre las borrascosas formas dibujadas por la neblina densa que me rodeaba de forma traviesa, como queriéndome abrazar, como queriendo jugar conmigo. Allí, en la estación del tren, mientras esperaba sentada en un banquillo deteriorado por el paso del tiempo, sentí deseos de regresar a casa, pero se disipó, cuando en medio de la oscuridad de la madrugada, de repente, a lo lejos, comencé a divisar una figura masculina con un perro, que se acercaban poco a poco, sigilosamente, y en ese instante sentí temor en la soledad de aquella profunda oscurana, al darme cuenta que el pasado venía por mí. Poco a poco, paso a paso, se fue acercando aquel hombre con su mascota, abriéndose paso entre la tenue atmósfera que adornaba aquel solitario escenario público.
Llegando a mi lado, observé compungido el rostro pálido de Rogelio, mi mejor amigo de la infancia, de la vida. ¡Casi mi hermano! De esos que no nacen de tu misma madre y padre, pero que los da a luz, la vida…Aquel que siempre me miraba con ojos de ternura, aquel que siempre tenía palabras de aliento para mí, aquel que me acompañaba en mis alegrías y tristezas, aquel que nunca me decía que no, aún ante las peticiones más insensatas. Mi querido “Roge”, el que no puede ver con sus propios ojos, sino a través de la mirada de “Napoleón”, su noble perro lazarillo, un hermoso Waimaraner cenizoso, que siempre está a su lado, desde que Rogelio perdió la visión en aquel terrible accidente automovilístico. Cuando se me acercaron, Roge me abrazó, y “Napo”, así le digo al buen Napoleón, ladró de emoción…porque ese hermoso ejemplar de la fauna doméstica, también es mi amigo.
Sorprendida, le pregunté a mi buen Rogelio:
.- ¡Y tú…qué haces aquí?...¿Cómo sabías que yo estaba aquí?...y me respondió:
.- ¡No podía dormir! Entonces me acerqué a la ventana de mi habitación, por donde puedo percibir el ruido y los olores de los transeúntes que transitan la calle; te sentí al pasar, apresurada, huidiza, y entonces pensé: ¿Para dónde irá Micaela? Pero al escuchar el ruido de un auto, y tu voz exclamando: ¡Taxi, taxi!, supe que estabas huyendo de mí, y también, imaginé que te podía encontrar aquí, en esta estación de tren.
Aún más sorprendida, abracé fuertemente a Rogelio, mientras que Napoleón, ladraba con emoción, delatando aquello que en realidad pasaba. Entonces, me retiré bruscamente de Rogelio, terminando aquel abrazo espontáneo, que me hizo sentir bien y a la vez, tan mal; así, le dije:
.- ¡Tienes que devolverte a tu casa! ¡Yo debo irme y tú tienes que quedarte aquí! Y me replicó:
.- ¿Pero, por qué Camila? ¿Por qué tiene que ser así?...fue en ese preciso instante cuando de los ojos de Rogelio, vi brotar lágrimas que recorrían sus mejillas en silencio, sintiéndome abrumada, por esa extraña sensación justo en el medio de mi plexo solar…ese lugar donde mi corazón palpitaba aceleradamente, como el galopar de un caballo desbocado. Pues, con tono fuerte y decidido, le contesté:
.- ¡Tienes que entender! ¡Esto no puede ser! No lo entiendo, no lo comprendo, y aunque al igual que tú, me invaden sensaciones y emociones incontrolables, el sentido común, me dice que no puede ser.
.- ¡Pero, es que yo no lo acepto! ¡No quiero que te vayas! -expresó Rogelio, con voz firme y contundente, al tiempo que sentenció- ¡Si tú te vas, yo me iré contigo!...¡Pero no renunciaré a este amor!
Sobre Rogelio y Camila, ese momento fue signado por una marejada de aves mañaneras, que anunciaban el inicio de un nuevo día, aún grisáceo por la presencia del invierno de aquel Noviembre sin tí, como el título de una de las canciones de “Reik”, que al escucharla, me traslada a lo más profundo de mis sentires.
Camila se quedó silente, temblorosa, con los ojos humedecidos y con el brillo de la emoción y la sensación de lujuria de un amor que creía prohibido; y de repente, con los primeros rayos del sol, que se colaban por las comisuras de la ventana de la habitación, también sonó el reloj despertador, y la protagonista de esta narrativa volvió en sí, luego de ese sueño con un tal “Rogelio” y su perro “Napoleón”, a quienes desconocía en realidad.
Al levantarme de la cama y posar mis pies en el suelo,sobre la alfombra roída, allí estaba “Jetroh” -mi fiel gato angora- esperándome para runrunear entre mis piernas. Y desde afuera, en el comedor, escuché la voz de mamá, cuando me dijo: ¡Rodrigo, el desayuno está servido! ¡Ven querido, ven a comer!
Desde lo más profundo de mí ser, me pregunté: ¡Y entonces! ¿Quién es Camila?...¿Quién soy yo, que redundantemente soñé el sueño de Camila? ¡Y yo no soy ella! ¡Yo soy la realidad, y ella es solo un sueño! ¿Será el subconsciente que me pide a gritos, amar y ser amado, por una mujer, como mi inexistente diva onírica?. ¡Nunca lo sabré, hasta que vuelva a soñar con ella!