Dentro de ‘esa capital de imperios olvidados’, como definía Toledo el escritor y poeta alemán Rainer María Rilke, según se puede colegir de una carta dirigida a su maestro, el genial escultor Auguste Rodin, hay lugares que, aún vilipendiados por la ‘mancha’ social y excluidos miserablemente del objeto primordial para el que fueron concebidos, seducen al espíritu, puede que con idéntico canto con el que las sirenas intentaron atraer la atención de ‘aquél varón de multiforme ingenio’, que el poeta Homero nos presentara, utilizando dos nombres primordiales, Ulises y Nadie, los cuales deberían representarnos a todos nosotros frente a estos hábiles ejercicios de belleza, perfección y simbolismo: la sinagoga de Santa María la Blanca.
A una distancia equivalente, entre la que fuera Casa del Greco –situada junto al palacio de los condes de Fuensalida y la iglesia de Santo Tomé y en la actualidad, pequeño museo donde apenas se puede curiosear otra cosa que no sea una de sus obras mundialmente conocidas: El entierro del Conde de Orgaz- y ese otro canto rodado de estilos equidistantes y geometrías tendentes a ‘aspirar’ a Dios en las alturas –como diría el Maestre Goethe, no obstante refiriéndose al estilo gótico- que es el monasterio de San Juan de los Reyes, la que fuera inmaculadamente concebida como ‘modelo de sinagogas’ y posteriormente reconvertida en iglesia y sede de monjes milites calatravos –orden secular, que se creó soterradamente a la sombra de los templarios, según el escritor e historiador Juan Eslava Galán, detalle que explicaría su inexplicable, valga la redundancia, negativa a defender el castillo de Calatrava frente a las incontenibles hordas almohades- contempla el tiempo pasar, diríase que como una ostra que se pliega a sí misma, temerosa de un turismo encaminado a violar sin conmiseración su pudenda y mediática idiosincrasia.
No obstante de apariencia inmaculada, su blanca palidez contrasta notablemente con épocas de oscurantismo, donde Toledo fue carne y cruz de su propio Vía Crucis histórico y su visión no deja de resultar un alivio de equilibrio y templanza, frente a expresiones y expresividades más propias de cielos de tormenta, donde a las oscuras miserias del caos hay que arrancar a desgarrones un resquicio de luz.
Se hace difícil imaginar, ante este despliegue de metafórica pureza, la vecindad de un artista de oscura personalidad, que laboraba con alevosa nocturnidad, trazando túneles con sus pinceles, tal vez con la intención de evadirse de la caverna de su propia espiritualidad y alcanzar un rayo de luz, siquiera fuera éste pálido, como el de la luna, que en definitiva, es la sensación que se tiene caminando entre este genuino y no menos metafórico bosque petrificado, la orientalización de cuyos arcos, así como la mosaica observación de los acantos de sus capiteles, traen a la memoria las fragancias de los cedros del Líbano y la austera imaginación de la arquitectura oriental, en cuyo desarrollo bien pudiera el curioso –o el geómetra aficionado- entretenerse en desentrañar de sus sagrados genes geométricos, los mil nombres de Dios que ya buscara desesperadamente el filósofo musulmán Ibn-Arabi.
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