En una tarde hermosa, él se encuentra sentado en su inseparable sillón. Le parece el mundo sombrío, insípido, estridente, fétido, áspero; su cuerpo ardía como un hierro candente. Lo único que pensaba era si estaba ya en el purgatorio o infierno, sabía que en el cielo no debía estar. Aun así, ni siquiera esa certidumbre lo sostenía en la vida. Su existir no pendía de nada. Su vacío era eterno.
En su mano siniestra sostenía una pistola. En su mano derecha una foto. En su mano siniestra, como el evento posible que instintivamente esquiva un suicida, está la posibilidad de quitarse la vida. En su mano derecha está genuinamente, el amor de su vida capturado en una imagen. Su mirada se encuentra fija en la nada, su mente enfocada en el todo.
Su mente está nublada. Su corazón lleno de una angustia. Su vista está no solo desbordante de un torrente de lágrimas. También tiene la imagen fija de ese cabello negro tan intenso, de su inalcanzable amor; que simula una cascada llena de vida. Su corazón late de manera exorbitante. Se enfrenta a una dialéctica entre quitarse la vida o no. El pulso del corazón estimula su dedo índice de esa mano siniestra.
El pulso de su mano derecha le invita a aferrarse no solo a la fotografía de su amada, sino a la propia vida. Llora, sufre, grita. Levanta la mano siniestra, apunta la pistola en su boca. Empieza a sudar abundantemente. Siente el cañón de la pistola y la confunde con los labios que jamás besó. Labios carnosos… ¿fríos? Cae en la cuenta de su verdadera realidad.
En un acto más que de cobardía, de redención amorosa; decide bajar la pistola, ponerla en el suelo y aferrarse de manera vital no solo a la fotografía de su amada sino a la vida. –Me has salvado amada B…, - vocifera.